Crítica. La Función Social de la Historia

Sobre la Utilidad de la Historia Para la Vida Cotidiana

Por Luis Arturo Sosa Barrón*

Caricatura de Jaume Perich, “El Perich”

Caricatura de Jaume Perich, “El Perich”

“[…] necesitamos la historia para la vida y para la acción, aunque, en realidad, no para su cómodo abandono, ni para paliar los efectos de una vida egoísta y de una acción cobarde y deshonesta”.
Friedrich Nietzsche, Sobre la utilidad y el prejuicio de la historia para la vida.

Con esta primera entrega se inaugura un espacio de opinión sobre temas relacionados a la historia y disciplinas afines, partiendo de la idea de que la historia nos permite comprender el pasado para conocer el presente a través del ejercicio de análisis crítico presente en la metodología de la historia, este espacio se publicará de manera quincenal.

PARA INICIAR hay que recordar que en una conferencia dictada el 1º de diciembre de 1950 en el College de France, Fernand Braudel hacía un llamado a los diferentes científicos sociales, en donde les señalaba la necesidad de que así como la historia se enriquece del aporte de disciplinas como la geografía, la sociología o la psicología, éstas deberían de acercarse al análisis, al estudio detallado de los acontecimientos y de los factores sociales para de esa forma darle mayor valor a los aportes de dichas disciplinas, ya que “ningún problema se ha dejado nunca encerrar en un solo marco”. (1)

VEMOS QUE reflejaba las inquietudes heredadas de parte de Lucien Febvre y Marc Bloch, en donde este último señalaba en la Introducción a la historia la legitimidad del estudio de la historia a través de la ya famosa cita inicial “Papá, explícame para qué sirve la historia” y que a manera de chascarrillo, muy al estilo sencillo del autor, el hecho de que “incluso si hubiera que considerar a la historia incapaz de otros servicios, por lo menos podría decirse en su favor que distrae [ya que] hasta donde pueden llegar mis recuerdos, siempre me ha divertido mucho”. (2)

DESDE EL siglo XVII se ha buscado sustentar la legitimidad de la historia como ciencia, teniendo esta disciplina dos momentos claves en el desarrollo de su legitimidad, el primero en el siglo XIX con los aportes de la corriente “positivista” y el método materialista de Karl Marx y Friedrich Engels, y en el siglo XX con el surgimiento en 1929 de la revista Année Sociologique origen de un “boom” de estudios antecedentes de la hoy llamada interdisciplina y a la par el desarrollo de nuevas propuestas de estudio relacionadas con el modelo materialista, entre las que destacan la llamada Escuela de Frankfurt, la corriente Social Inglesa, los trabajos de Antonio Gramsci, Rosa Luxemburgo, Josep Fontana, Carlos Aguirre Rojas y Silvia Federicci, por mencionar sólo algunos.

PIERRE VILAR se lamentaba en el prólogo de su obra Iniciación al vocabulario del análisis histórico del hecho de que hasta el momento en que terminó de escribir dicha obra (1979) no existiera un “tratado de historia” pues consideraba que “como si el conocimiento histórico, que es condición de todos los demás, ya que toda sociedad está situada en el tiempo, fuera incapaz de constituirse en ciencia” (3) y que pese a lo debatible que pudiera ser su afirmación, es interesante recalcar el hecho de que en su mayoría dichos intentos por confeccionar el tan anhelado tratado, la mayoría está enfocado al lector aspirante a historiador. ¿Qué sucede entonces con la legitimidad de la historia hacia el ciudadano de a pie? ¿Le es útil el conocimiento de la historia a la sociedad en sí, fuera del mundo académico?

LA BÚSQUEDA por dar una respuesta a estas preguntas no es algo nuevo, ya que es un problema que conllevan en sí las ciencias sociales; Luk Van Langehove en un pequeño artículo titulado “Reflexiones para un replanteamiento de las Ciencias Sociales” menciona que “el principal indicador de la calidad de un trabajo parece residir en las publicaciones evaluadas por colegas de igual nivel… [entonces] el progreso científico resulta difícil de medir…”, esto más que nada debido a una serie de problemas que plantea dicho sistema de evaluación y que actualmente es uno de los principales desafíos en las instituciones académicas, más adelante propone que una de las principales soluciones a este problema sería la integración de comités de profesionales que sirvan de asesores al Estado, para de esa forma hacer más evidente la necesidad de dichos estudios a la percepción de la gente, quienes son los que manejan el presupuesto destinado a dichas investigaciones en la mayoría de los casos. (4)

CONSIDERAMOS QUE estos válidos señalamientos no responden del todo dicho problema, sin embargo, Josep Fontana logra zurcirlo a través de su libro Historia: análisis del pasado y proyecto social puesto que “[…] la atención se ha centrado sobre todo en las raíces inmediatas del presente, con el propósito de explicar cómo ha surgido la concepción global de la sociedad y de la historia que subyace a las afirmaciones teóricas y a la práctica de la investigación de los historiadores actuales… su finalidad no es tanto la de aclarar el pasado como la de ayudar a desbrozar el bosque en que, entre todos, estamos tratando de encontrar nuevos caminos”. (5)

VEMOS QUE el posicionamiento de Fontana coincide con el de Vilar, ya que este último nos dice: “la historia es el único instrumento que puede abrir las puertas a un conocimiento del mundo de una manera si no científica por lo menos razonada” y muestra una serie de experiencias personales relacionadas con su labor en la docencia en donde advierte que para el estudiante promedio y la sociedad en general, el conocimiento de la historia normalmente se reduce a “la radiodifusión (la televisión apenas acababa de nacer) les ofrecía, bajo el nombre de historia, un conjunto de adivinanzas, de anécdotas y de cantos guerreros”. (6)

EN EL CASO de México, hasta la primera década del siglo XXI, el grueso de la población sólo tenía acceso al conocimiento de la historia del país a través de dos fuentes: la educación oficial y algunos medios masivos de comunicación de corte público como la televisión y que en su contenido, salvo por las obvias diferencias de contextos, se compone de lo mismo: anécdotas, datos curiosos, “el lado oculto” de personajes históricos como si se les olvidara que son humanos desarrollándose en su propio espacio y tiempo, en resumen, contenido que por parte de la educación oficial en conjunto con el santoral cívico se vuelve lo que llamó Luis González y González como “historia de bronce”, mientras que en los medios, en su mayoría abunda material confeccionado por los llamados “falsificadores de la historia”, término acuñado por Pedro Salmerón a través de una serie de columnas periodísticas.

¿CÓMO RESPONDER entonces a la cuestión planteada? En otro momento afirmábamos que la legitimidad y por tanto la función de la historia radicaba en que nos permite conocer el pasado para entender el presente, pero esta precisión trae consigo algunos problemas que están relacionados con la forma de trabajar del historiador, proceso que ha sido cuestionado por pensadores como Spinoza, Kant, Marx y Engels, Seignobos y Langloise, Bloch y Febvre, entre otros tantos y que trata del ejercicio crítico que debe hacer el historiador ante las fuentes o el material de su trabajo, Braudel ya entendía que “el observador es fuente de errores: contra él la crítica debe permanecer vigilante… el hábito de la crítica no es natural; exige ser inculcado y sólo se convierte en orgánico tras repetidos ejercicios. El trabajo histórico es un trabajo crítico por excelencia” (7) y sobre todo “la propia palabra “crítica” pasa entonces a adquirir el sentido casi nuevo de prueba de veracidad”. (8)

COMO SEÑALA Vilar, “lo mejor sea invertir los términos… hay que comprender el pasado para conocer el presente” ya que “comprender el pasado es dedicarse a definir los factores sociales, descubrir sus interacciones, sus relaciones de fuerza, y a descubrir, tras los textos, los impulsos que dictan los actos… comprender el presente equivale, mediante la explicación de los mismos métodos de observación, de análisis y de crítica que se exige a la historia, a someter a reflexión la información deformante que nos llega a través de los media. Comprender es imposible sin conocer”, deben “enseñarnos, en primer lugar, a leer un periódico” (9) o en nuestro días un tuit, un post de Facebook, un vídeo e incluso, la reacción diaria de nuestros conocidos ya que sólo de esa manera alcanzaremos a apreciar que la historia tiene legitimidad en algo tan cotidiano como leer las noticias.

Notas

1. Braudel, Fernand, “Las responsabilidades de la historia” en La historia y las ciencias sociales, Madrid, Alianza Editorial, 1970, p. 35.
2. Bloch, Marc, Introducción a la historia, México, Fondo de Cultura Económica, 2012, Breviarios Nº 64, pp. 9 y 12.
3. Vilar, Pierre, Iniciación al vocabulario del análisis histórico, Barcelona, Crítica, 1980, p. 7.
4. Van Langehove, Luk, Reflexiones para un replanteamiento de las Ciencias Sociales, 2009. Disponible en http://vinculosygrupos.blogspot.mx/2009/11/reflexiones-para-un-replanteamiento-de_2627.html Consultado el 15-01-2018.
5. Fontana, Josep, Historia: análisis del pasado y proyecto social, Barcelona, Austral, 2013, p. 11.
6. Vilar, Pierre, Ibídem.
7. Braudel, Fernand, Ibídem.
8. Bloch, Marc, Ibídem.
9. Vilar, Pierre, Ibídem.

*Pasante de Historiador por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Entre las líneas temáticas de su interés se encuentran: La Historia Social, la Historia Cultural, la Teoría y Filosofía de la Historia y la Historiografía. Particularmente se ha interesado por los temas de la Muerte, Campesinos y Obreros, Drogas y la Función Social del Conocimiento Histórico.

luisarturosb1992.historiador@gmail.com

Publicado en: Página 24

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