Entre Letras

Después de la Niebla

Por Lenina Nereida Ortiz García

El dormitorio en Arlés, Vincent Van Gogh

El dormitorio en Arlés, Vincent Van Gogh

“Tan solo un recuerdo mantiene mi vida,
un recuerdo cuya llama debo alimentar día a día
para que no se apague. Un recuerdo tan vago
y tan lejano, que me parece casi una ficción.
(…)La neblina, esfumando los ángulos,
tamizando los ruidos, ha comunicado a la ciudad
la tibia intimidad de un cuarto cerrado.”

María Luisa Bombal

ERA LA última caja de mudanza, la sostuve por unos momentos mientras echaba un vistazo por última vez a mi habitación. Tantas horas vividas en ese espacio, tardes de ocio, de lectura, domingos sentada en la marquesina de la ventana, tratando de dibujar bocetos del limitado paisaje, apenas y se ven las copas de los árboles y las azoteas de las casas vecinas. Era momento de decirle adiós a ese cuarto que me acompañó desde mi infancia hasta mis estudios universitarios, por fin me mudaría a un departamento en la ciudad, donde pasaría mis días en tranquilidad, disfrutando mi trabajo y quizá preparándome para cosas nuevas. A mis padres les costaba aceptar que ya estaba preparada para vivir sola, pero un año más en casa y sería una hija solterona. Salí lentamente, cerré la puerta, un eco resonó dentro.

EL DÍA estaba bastante nublado pues la noche anterior estuvo lloviendo, así que era el ambiente perfecto para despedirme de mi madre sin que notara la palidez de mi rostro angustiado por mi partida. Subí la caja a la camioneta y en seguida entramos mi padre y yo. En el transcurso del camino, fui hojeando algunos cuadernos viejos, diarios y libros, hasta que encontré un cuaderno que estaba algo arrugado, una letra grande saltaba a la vista en el centro de su portada. Algo punzó en mi pecho, como una pequeña descarga eléctrica traída por un recuerdo. Tenía fecha de diez años atrás, tanto tiempo, cómo era posible que tuviera semejante sensación después de tantos años. No leí nada de su interior, sabía perfectamente lo que contenía, lo arrojé a la caja y la cerré. –¿Qué te pasa?, te ves pálida, ¿estás triste? te vamos a extrañar, pero debes visitarnos. –Sentenció mi padre, mientras yo me limité a un seco “sí” por respuesta.

YA EN MI departamento me dispuse a acomodar mis cosas y a separar algunos cuadernos que tiraría a la basura, incluido ese con la letra de un nombre en su centro. Salí del departamento con las bolsas y una vecina de edad avanzada me preguntó si no tenía material de reciclaje, pues sus hijos y, en especial su hija la mayor, se dedicaban a hacer todo tipo de accesorios para venderlos. Aceptó todo el papel que traía en mis bolsas y me pidió de favor que las dejara en su puerta, a ella le vendrían a ayudar sus hijos por la mañana. Al abrir su puerta pude observar algunas cosas en su interior, el departamento de una anciana, donde se respira la soledad, probablemente su esposo era el de las fotografías en sus estantes, junto a otras de algunos niños con sus padres, quizá sus nietos. Me sonrió y agradeció mi aporte.

ESA NOCHE no pude conciliar el sueño, me asaltaron los recuerdos de mi casa uno tras otro, los de mis hermanos, amigos, los de él, hace diez años, cómo era posible; el cambio de casa me embargó de memorias que sin pensarlo mucho, me pusieron triste. Ya estaba hecho, esa libreta se encontraba ahora en manos de una vieja cuyos hijos se dedicaban al reciclaje para después vender variedad de productos a las papelerías. ¿Y si la anciana hurgaba las libretas y se ponía a leerlas? La ansiedad me mantuvo despierta toda la noche.

POR LA mañana, mientras me duchaba, nuevamente sentí la punzada en mi pecho, un grito ahogado emergía poco a poco desde mi estómago, y en mi intento por contenerlo, cerré la llave y respiré profundamente, miré fijamente la regadera unos momentos, cada gota que caía, pero llegó una ráfaga de viento que heló mi espalda y nuevamente la punzada persistió en el pecho, el mismo grito insistía en salir de mí, respiré hasta hinchar mi estómago pero contuve la exhalación, quise ahogarme en ese instante, pertenecer al vapor que me envolvía, a cada gota. Me resigné, solté el aire por la boca y mi vista se nubló, un hondo suspiro se prolongó en sollozos.

NO ERAN lágrimas por la familia, a ellos los vería cuando quisiera, cuantas veces fueran necesarias, a mis amigos bastaba con un mensaje para quedar en algún café, pero a él, a él no lo veía desde hacía diez años y no lo volvería a ver. Cómo era posible que ahora en mi soledad lo evocaba, y cómo es que con tan sólo un día de soledad apareciera en mi mente, si otras veces lo recordé sin ningún problema, lo vi con su pareja y no sentí nada en particular ¿Por qué ahora que comenzó mi nueva vida? Apenas vestida y algo desaliñada, salí al departamento de la anciana pero nadie abrió, bajé las escaleras y la encontré en la entrada del edificio, pregunté de inmediato por la bolsa de libretas, pero era tarde, sus hijos ya se habían llevado todo. Le supliqué que me indicara dónde podría encontrarlos, necesitaba recuperar esa libreta, y me dijo que tenían un pequeño taller en su casa, donde trabajaban con el reciclaje y creaban sus productos. Con la dirección en mano corrí desesperadamente, ni siquiera sabía qué autobús usar, y tampoco traía dinero suficiente para tomar un taxi, sólo salí como una desesperada preguntando en qué dirección quedaba esa casa.

MIENTRAS CORRÍA casi sin rumbo, llegué a un baldío enorme, era tan temprano que la niebla lo cubría todo, saltaban a la vista sólo las puntas de unos enormes postes metálicos de electricidad conectados entre sí con cableado. Me adentré poco a poco hasta estar en medio de la blancura, nadie podría verme, me senté a descansar y recordé cada cosa escrita en la libreta.

JUNTOS EN mi habitación, pasamos muchas tardes, tú en mi escritorio eligiendo alguna canción en la computadora, yo tratando de estudiar. Dejaste un abismo cuando te fuiste, y la habitación está cubierta de una niebla inexplicable, se infiltró por las paredes, quizá el espacio le pareció idóneo para permanecer. En cierto modo seguí habitando en él con una felicidad fatua, vacía, es tan contradictorio lo que pasa por mi mente. He salido con otros y han resultado fracasos, quizá estoy loca, quizá ya estoy en un manicomio y no me he dado cuenta. Por qué es tan enfermizo tratar de sanar, dime cómo le has hecho para estar tan bien, yo no puedo estar bien, mis padres me han dicho que es conveniente consultar mi situación con un psicólogo, les preocupa bastante mi estado, pero me rehúso a ir, sé que pasará, algún día cuando menos lo espere estaré bien y dejaré de hablarte en diarios.

TENGO FRÍO, un frío prolongado, una masa gélida se esparce por mi cuerpo de pies a cabeza y me inmoviliza. ¿Por qué no me arrastraste contigo en tu corriente de agua tibia? Sería más fácil que estuvieras muerto, pero no, debo aguantar verte compartiendo tu felicidad en otra parte donde yo no estoy…

LA NIEBLA comenzó a disiparse un poco, pude ver las siluetas de las casas a lo lejos, me incorporé y crucé el baldío en dirección a ellas, justo en una esquina se vislumbraba un letrero grande colocado en la puerta de una bodega que decía RECICLAJE. Caminé hasta el lugar que aún estaba cerrado, una mujer de mediana edad salió de la casa del lado y preguntó si se me ofrecía algo, no pude contener una risa que salió fugaz sin mucho ruido, y me limité a decirle que nada en particular. Regresé caminando a mi departamento, cuando llegué la niebla ya se había disipado por completo y un cálido sol entraba por las ventanas.

AL DÍA siguiente, me sorprendió la anciana tocando a mi puerta, traía un pequeño paquete de hojas de colores que había reciclado su hija, pensé que preguntaría sobre lo sucedido la mañana anterior, pero sólo sonrió y me dijo que quiso regalármelas, ya que el día de la mudanza vio en mis pertenencias algunos materiales de dibujo. Esa misma tarde hice algunas ilustraciones sobre las hojas, para llevarlas al trabajo y, una se la obsequié a la anciana.

Publicado en: Página 24

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