A Poner el Ejemplo
EN EL púlpito, la palabra del obispo Juan Espinoza Jiménez suele poseer la fuerza y la cadencia de la elocuencia pastoral.
SUS HOMILÍAS, a menudo incisivas, retratan con lucidez a ese México herido por la injusticia, desgarrado por la impunidad y necesitado de caridad.
NO HAY duda de la validez de su diagnóstico ni de la dignidad de su investidura como pastor de la Diócesis. Sin embargo, existe una grieta profunda entre el fervor de la prédica y la aspereza de la realidad institucional: la elocuencia exige, para no quedar reducida a mero adorno retórico, el respaldo del ejemplo.
AYER, EN la misa de 10:00 de la mañana en Catedral, el prelado detuvo el orden sagrado para reprender a quien tomaba fotografías, exigiendo respeto a la solemnidad del templo y recordando que la misa no es un mitin.
LA ESCENA, en sí misma, apela a una norma básica de civismo litúrgico. No obstante, el mensaje de fondo que de allí se desprende invita a una reflexión mucho más honda y dolorosa: si se demanda con tal vehemencia el respeto a la forma y al espacio, ¿con qué oportunidad y tibieza se atiende el fondo de las almas que sangran por dentro?
EL PROPIO obispo ha señalado que frente a la injusticia no cabe el silencio, que la denuncia es un deber, pero que esta debe encauzarse a través del diálogo y la caridad, principios irreprochables en el papel.
EL PROBLEMA surge cuando la respuesta de la autoridad diocesana ante las denuncias legítimas, presentadas con la verdad, sin inventos ni estridencias, ha sido un silencio ensordecedor. ¿Dónde queda la caridad cuando el pastor rehúsa la deferencia de un diálogo honesto con aquellos fieles que han sido agraviados, traicionados y lastimados por la conducta de sus propios sacerdotes?
ES INNEGABLE que la gran mayoría del clero entrega su vida con devoción. Pero negar o solapar que en la estructura eclesiástica coexisten sacerdotes soberbios, cuya falsedad y conducta indigna han dejado cicatrices profundas en la comunidad, es una forma de ceguera institucional.
CUANDO EL fiel acude a su Iglesia en busca de cobijo tras sufrir una canallada perpetrada desde lo sagrado, y solo encuentra el cerrojo de la cerrazón y la indiferencia episcopal, la herida no solo no sana: se infecta de desesperanza.
EL EVANGELIO al que la jerarquía apela de manera constante sostiene lo dicho por Jesús: “La verdad los hará libres”.
HABLAR CON la verdad sobre las faltas internas no constituye un acto de rebeldía ni un ataque a la fe; es, por el contrario, un acto de amor y fidelidad al cuerpo de la propia Iglesia.
RECONOCER QUE las cosas se han hecho mal y asumir los errores con humildad no debilita la autoridad del pastor: la dignifica.
QUÉ BIEN hace el obispo al deslindarse de relaciones políticas y alzar la voz por los dolores que aquejan a la sociedad.
SIN EMBARGO, la credibilidad del testimonio público se cultiva primero en el patio propio. En las bancas de sus templos hay católicos que sufrimos, golpeados no por los males del mundo, sino por la traición emanada de quienes prometieron guiar nuestras almas.
MISERICORDIA NO es callar ante el dolor del inocente para proteger el prestigio del templo. Caridad es tener la grandeza de escuchar, la humildad de sanar y la valentía de corregir.
OJALÁ QUE la elocuencia de la palabra sagrada trascienda las paredes del presbiterio y se traduzca en una puerta abierta para quienes hoy solo hemos recibido la fría respuesta del olvido.
ALIVIAR A los heridos del rebaño no es una concesión: es el primer deber de quien se dice su pastor. Si Jesús dejó a 99 ovejas para ir en busca de la que andaba perdida, hoy habemos católicos que solo pedimos ser escuchados, atendidos y ayudados a lidiar con una herida profunda causada por sacerdotes. Se entiende que son humanos e imperfectos, pero eso no los exime del dolor que provocan.
SI EL purpurado recibiera a esas ovejas descarriadas y las guiara, fieles que no desean abandonar la Iglesia de la que forman parte, pero que sufren y lloran por la traición recibida por hombres que se dicen de Dios, comenzaría finalmente a sanar el cuerpo de su diócesis. (BDR)
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