Verdades Incómodas
LA CEGUERA voluntaria en el hogar es una de las verdades incómodas que muchas veces las utilizan las autoridades cuando se habla de reclutamiento de menores de edad para engrosar las filas del crimen organizado… y es que resulta que no siempre se los llevan de manera forzada, sino “encandilados” porque creen que van a llegar a vivir en un cuento de hadas con residencias, montones de dinero, autos de lujo, todo tipo de excesos y haciendo el menor esfuerzo, solo dar órdenes y es una fantasía que a los que caen les cuesta, en ocasiones, hasta la vida.
ANTONIO MARTÍNEZ Romo es uno de los tantos funcionarios que han puesto el dedo en la llaga social que supura desde hace tiempo: y es que esos menores de edad de 15, 16 y 17 años abandonan sus casas bajo el tenue pretexto de “irse a trabajar”.
LA TRAGEDIA no radica únicamente en la astucia de las células criminales para engancharlos, sino en la pasividad, mencionada sin tapujos, de los propios padres de familia. En demasiados hogares, la narcocultura ha dejado de ser una amenaza externa para convertirse en un integrante más de la familia, tolerado y asimilado a tal grado que la partida de un hijo menor de edad hacia el abismo se asume con una indolencia que raya en la complicidad por omisión.
SE HA normalizado tanto la narcocultura en México que cada vez se pierde la calidad de asombro de la forma en que “trabajan” estos grupos que ahora ya hasta les llaman “empresas”.
LA FICCIÓN de pantalla, canciones dedicadas a algunos personajes o eventos del crimen organizado son la trampa en donde inicia la seducción para algunos, por la estética del “éxito rápido” que propagan bioseries, corridos tumbados y algoritmos en redes sociales, los jóvenes consumen una narrativa dorada donde el crimen promete estatus, vehículos e impunidad.
LA BRECHA entre el guion televisivo y la crudeza del terreno es brutal, aquellos personajes que “veneran” en la pantalla terminan sus días en dos únicos escenarios: el panteón o celdas con condenas perpetuas.
LO QUE los reclutadores no explican en los chats de videojuegos ni en las ofertas de trabajo apócrifas, es que los adolescentes no ingresan como “jefes”, sino como combustible desechable, son el eslabón más débil, barato y sustituible de una maquinaria que los consume en cuestión de semanas.
EL ESPACIO de captación cambió drásticamente, ya no se requiere el abordaje presencial en una esquina, hoy el reclutamiento es digital, silencioso y se cuela directamente hasta el dormitorio del menor a través de transmisiones en vivo, vacantes ficticias de “seguridad privada” o “choferes” en plataformas digitales y mensajes privados, el crimen organizado explota la inmadurez emocional y la necesidad de pertenencia de los adolescentes.
QUE UN menor de edad prepare una maleta y cruce límites estatales sin que nadie en casa cuestione, investigue o impida su salida revela un colapso gravísimo en los mecanismos elementales de supervisión y patria potestad.
PRETENDER QUE la policía o los patrullajes cibernéticos resuelvan la erosión del tejido familiar es un despropósito operativo.
LA PRIMERA línea de contención, y la más infranqueable, tendría que estar dentro de las paredes del hogar. Saber con quién conversan los hijos, qué contenidos consumen, qué aplicaciones frecuentan y de dónde provienen sus recursos no es invasión a la privacidad, es responsabilidad legal y moral mientras sean menores de edad.
SI LA FAMILIA abdica de su rol tutelar y la sociedad sigue romantizando la delincuencia como opción de vida, las autoridades seguirán recogiendo los restos de una juventud que cambió su futuro por una fantasía de papel.
Y SÍ, HAY quienes van a decir que las familias han cambiado, que en muchas el hombre no se hace cargo y todo recae en la mujer y muchos etcéteras, pero alguien debe ser consciente de que los hijos necesitan guía, contención, confianza y a veces el enemigo está dentro de casa con un, aparentemente “inofensivo” dispositivo. (BDR)
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