Una Crónica de la Marcha Feminista y la Brutalidad Policiaca
Por Andrea Alcalá Islas

“Una marcha histórica, pues cada vez la comunidad que resiste y lucha se hace más grande”
Este pasado 8 de marzo, como todos los años, se llevó a cabo la conmemorativa marcha que reactiva la memoria colectiva, aquella que nos recuerda de la lucha de mujeres obreras en Nueva York que ante la exigencia de derechos laborales, terminaron, como en otros tantos episodios de la historia de la humanidad, en represión y asesinatos. Es un hecho que se mantiene vivo en la memoria porque es una larga, permanente y dolorosa herida que no cicatriza.
Desde aproximadamente las cinco de la tarde comenzamos los preparativos para la marcha, con amigas, conocidas y con quienes no conocía pero sabía que teníamos algo en común: la conciencia de hacer valer nuestra palabra y peticiones de justicia y verdad, así como también hacer valer nuestro derecho a la manifestación; bordado de mantas, recorte de calcas, mezcla del pegamento para la pega de carteles, etcétera A las siete de la tarde nos dirigimos a la Fiscalía donde se concentrarían los contingentes para avanzar hasta llegar a Plaza de Armas. Comenzamos el andar, en el transcurso de Héroe de Nacozari y Francisco I. Madero, las consignas se hicieron escuchar, entre gritos, cantos y saltos, algunas de las compañeras se detenían a pegar carteles o calcas, a pintar con aerosol algunas de las consignas, especialmente en instalaciones institucionales, había chicas a las orillas ofreciendo pancartas para quienes no habían podido hacer la propia, otras más perpetuando el momento con sus cámaras y celulares.
Una vez que llegamos a la Exedra comenzamos a ver desde Palacio Legislativo la presencia de policías protegiendo el edificio, por lo que no dieron oportunidad de hacer ninguna intervención. Hasta el momento todo tranquilo. La plaza comenzó a llenarse de manifestantes que seguíamos, sin cansancio, gritando y cantando. Una marcha histórica, pues cada vez la comunidad que resiste y lucha se hace más grande. “Se respira sororidad” dijo una chica.
Cuando llegamos todas a concentrarnos empezaron a gritar “Al suelo, todas al suelo, se perdió una niña”, después fueron dos, las nombramos y nos levantamos hasta que aparecieron. Mujeres policías se encontraban en las entradas laterales del monumento al águila, pero en ningún momento se movilizaron para buscar a las niñas. Hasta ese momento no fue algo de importancia su inmovilidad. Minutos más tarde las chicas comenzaron a pintar la exedra, a pegar carteles y calcas y colgar mantas, todo esto frente a las policías, mientras ellas solo se dedicaron a observar. Los gritos eufóricos comenzaron a sonar más fuerte cuando las chicas se subieron a la columna que sostiene al águila para rayarla y colgar una manta donde se podía leer “Exigimos verdad y justicia. Nos tocan a una, respondemos todas” bajo una leyenda que decía “Ags feminicida”. Entre la ola de mujeres nos dejamos llevar hasta llegar a las puertas de Palacio de Gobierno, el cual también estaba resguardado por hombres y mujeres, entre estos, policías y reporteros, pero fue hasta que comenzaron a gritar “Fuera hombres” que solo dejaron a las policías mujeres. Fue en ese momento en el que dejaron salir aún más la rabia y hartazgo que se sigue acumulando a todo el sistema patriarcal que en ese momento estaba encarado por el cuerpo de policías estatales y municipales. Sin embargo, aquellas no fueron impedimento para que no se interviniera, pues a pesar de que se suponía, su función era cuidar las paredes, se quedaron inmóviles en el momento en el que una de las chicas se trepó por los muros para pintar detrás de ellas. Tardaron unos minutos en hacer fuerza para que la chica no pudiera avanzar más, pero mientras los escudos que con los que intentaron protegerse se vieron manchados por la multitud que se acercó con las manos llenas de pintura y calcas… y hasta el momento la policía solo estaba ahí imposibilitado por las casi seis mil manifestantes que crearon el momento.

“…la policía solo estaba ahí imposibilitado por las casi seis mil manifestantes que crearon el momento…” (Fotos: Juan Fernando Reyes Ortega)
Mientras tanto parte de las manifestantes también les gritaban “mujer escucha, esta es tu lucha”, les preguntaban dónde estaban cuando las violaron o asesinaron, no se dejó de escuchar “los policías no me cuidan, me cuidan mis amigas.” Cada vez se elevaba un poco más la vivacidad del ambiente. En la aglutinación comenzaron a lanzar piedras, papeles o cualquier cosa que tuvieran a la mano o con las mismas manos, incluso un pepino, lo que logró finalmente que se rompieran los vidrios de algunas de las puertas. En ese momento fue cuando empezaron a pasar la voz de que habían hecho el llamado a más policías y que llevarían extintores para esparcir gas lacrimógeno, sin embargo, aún no habían hecho intervención para detener a alguien. Preferimos movernos de esa escena y nos detuvimos en una fogata que encendieron con el papel y cartón de las pancartas y carteles, mientras alrededor del fuego cada una de las chicas gritaba las experiencias de abuso o acoso que sufrió, con lágrimas en los ojos, un grito de liberación que parecía avivar el fuego para luego consumirse entre éste y aligerar la carga que tanto nos pesa, más aún cuando va seguido de tantas voces que se vuelven una y te abraza y te hace saber que “no estás sola”.
La manifestación parecía que iba llegando al final, se hacían cada vez menos los grupos de mujeres que aún estaban presentes, así que decidimos regresar al punto en el que nos habíamos reunido antes de la marcha para que, encontrándonos en un lugar más seguro, cada una pudiera tomar rumbo para sus respectivas casas. Mientras íbamos camino al punto de reunión, decidí pegar las calcas que aún guardaba en la mochila, mientras otras chicas pegaban carteles a los alrededores de la Catedral, pero integrantes de agrupaciones católicas con mucho ímpetu fueron tras nosotras para quitar todo lo que poníamos, incluso una señora furiosa nos dijo que si queríamos hacer desmanes lo hiciéramos “allá, no aquí. Respeten la propiedad privada”, sí, la propiedad privada, dijo.
Una vez que llegamos al punto de encuentro los celulares no dejaron de sonar por la llegada de mensajes al grupo de la Comunidad Feminista que mantenían al tanto a todas las chicas de que en ese momento hombres y mujeres policías comenzaron a arremeter a todas y todos los que encontraron a su paso. Con la preocupación e imposibilitadas de poder intervenir nos fuimos a nuestras casas. Ya que estaba por prepararme para dormir, recibí la llamada de mi hermana, que llorando me dijo que la habían golpeado a ella, a mis primas y a sus amigas, y una de mis primas no aparecía, pues mientras la tenían en el suelo pateándola no pudo ver a dónde se la llevaron después de que intentó detenerlos para que dejaran de golpearla. Las razones por las que comenzaron a golpear a mi hermana fue porque, mientras ya habían tomado rumbo para regresar a la casa, detuvieron a una de sus amigas, por lo que ella preguntó el por qué se la llevaban, la respuesta que recibió fue un “vete de aquí” por parte de un policía, ella insistió que le dijeran la razón, pero ahora recibió un empujón y un “vete a la chingada, culera”. Al dar un paso hacia atrás se cayó y no desaprovecharon la oportunidad para agarrarla entre todos a patadas, mientras se llevaban a una de mis primas. A otra de mis primas de 16 años que acompañaba a mi hermana, al tratar de alejarse, un policía en bici la alcanzó para meter la llanta delantera entre sus piernas para que cayera y así, indefensa, agarrarla a macanazos en la cabeza. Un amigo suyo no dudó en auxiliarla, pero todos los golpes se volvieron hacia él, mientras mi prima pudo salir corriendo para esconderse entre las jardineras en lo que pudo volver a tomar conciencia, pues por los golpes, sintió desmayarse. Todo le daba vueltas cuando intentaba entender qué estaba pasando, pues todo a su alrededor era violencia, a cualquier lado que volteara estaban golpeando a alguien.
De inmediato me comuniqué con una de las integrantes de la Comunidad Feminista para darle el nombre de mi prima de 14 años que no aparecía, pues ya nos había llegado la noticia de que eran casi 20 personas detenidas. Entre ellas y el Observatorio de Violencia Social y de Género llevaron el registro de las personas a quienes se habían llevado o no aparecían, que cada vez aumentaba el número, mientras también se trasladaron al C4 para hacer acompañamiento y las abogadas que pertenecen a esta asociación, para darle atención al caso de las detenidas. Por ellas es que pudimos saber que mi prima estaba ahí, nos tranquilizamos un poco cuando dijeron que la dejarían salir por ser menor de edad. Éramos ya varias personas que esperábamos recibir noticias de nuestros familiares y compañeras que se encontraban detenidas. Unos abogados se presentaron para ofrecer sus servicios gratuitamente y poder crear un amparo para agilizar el proceso.
Las publicaciones en las redes sociales no paraban informando y actualizado acerca de los hechos que iban ocurriendo, se iban juntando evidencias de la violencia policiaca y las lesiones de las agresiones a las manifestantes. El apoyo y acompañamiento de las compañeras siempre estuvo presente, se logró recaudar 26 mil 250 pesos para el pago de las multas (mil 750 por cada una) gracias a los donativos; la preocupación también nos recorrió a todas, aunque la violencia y amedrentamiento no la hayamos vivido directamente, sentimos la misma rabia e impotencia que aquellas que sí. Poco a poco fueron saliendo las compañeras, primero dejaron salir a aquellas que eran menores de edad, entre ellas mi prima, a partir de la una am. Hasta el momento solo ocho de las 23 detenidas siguen dentro, pues el Gobierno del Estado presentó cargos por lesiones y daños a las cosas, sin pruebas que lo afirmen. Seguimos en espera de que las liberen.

“‘Se respira sororidad” dijo una chica”
Es indignante las injusticias cometidas, el uso de la violencia y represión que impusieron los cuerpos policiales ante las manifestantes que, indefensas por la desproporcional fuerza se les arrebató un derecho constitucional a la libertad de expresión y manifestación, la seguridad y el miedo que les infundió, el modo de operar al esperar al último momento en el que no tuvieran que enfrentarse a la multitud de personas, pues es más fácil atacar cuando son menos. También se comparte el sentimiento de indignación al leer los comentarios que expresan en las redes sociales aquellas personas que están en contra del movimiento feminista, haciéndonos merecedoras de esa represión, pues para ellos es más importante defender los bienes materiales, desviando la atención de lo que el movimiento exige, libertad, justicia y reconocimiento de las violencias de género que se han cometido y que aumenta la deuda histórica que se tiene con todas nosotras. Nos dejan claro que la policía tiene el único fin de resguardar y cuidar lo que el Estado quiere, no a la población en general, como nos lo intentan hacer creer. Este caso en particular reafirma que siguen culpándonos por ser violentadas, que vivimos oprimidas por un sistema patriarcal, machista y misógino, pero aún con esto no estamos dispuestas a claudicar.
#FuimosTodas







