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“El Timbre de Pajaritos era el Aviso Para que Comenzara el Terror”

Por Benny Díaz | Fotos: Eddylberto Luévano Santillán

Pasa totalmente desapercibida para aquellos que no saben lo que hace unos años se vivió ahí

Pasa totalmente desapercibida para aquellos que no saben lo que hace unos años se vivió ahí

Pasa totalmente desapercibida para aquellos que no saben lo que hace unos años se vivió ahí.

Un portón negro que tiene dos “mirillas” por las que se podía ver desde dentro quién tocaba por accidente o para dejar propaganda, sobre todo aquellos que desconocían lo sucedido tras sus paredes siguen ahí; al igual que una rendija por la que identificaban a quienes llegaban antes de abrir.

Para cientos de personas, hombres y mujeres es la casa del terror; para algunas “autoridades” tenía un nombre más rimbombante: “de arraigo”, el lugar a donde Felipe de Jesús Muñoz Vázquez, cuando era procurador, llevaba a sus víctimas mientras se realizaban las “investigaciones” y a quienes, según una lista que cada noche llevaban los verdugos, los iba “turnando” para sacarlos y llevarlos al “gimnasio” o “spa” de la Ministerial o a unas bodegas cerca de las vías del ferrocarril para torturarlos y que nadie escuchara los gritos de dolor.

Todo esto fue narrado por algunas de las víctimas que vivieron el infierno durante 20, 30, 40 o más días, según se resistieran a firmar declaraciones no hechas por delitos que se les imputaban y por las que a muchos llegaron a sentenciar.

Se encuentra a dos cuadras atrás del edificio de la Policía Ministerial.

“Hasta la fecha, aquí por esta calle siguen estacionándose muchos de ellos (ministeriales)”, dice una vecina que pide guardar el anonimato, porque todavía les provoca miedo recordar aquellos años en donde veían llegar, entrar y salir a hombres de no muy buen aspecto y a un trajeado Felipe de Jesús Muñoz Vázquez.

Página 24 llegó hasta ese lugar, que ahora funciona como un despacho de abogados penalistas, quienes permitieron tomar fotografías y aseguraron que decidieron rentarla precisamente “por el símbolo que tiene, porque aquí se violaron todos los Derechos Humanos”, declara Christopher Cervantes, uno de los litigantes.

La cochera es amplia, caben dos autos pequeños y según Felipe Hinojo Alonso, quien asegura haber estado afuera, “precisamente en este árbol” (que se encuentra en la entrada), era el “recibidor donde esperaban los familiares de las víctimas para poder verlos. Había sillas y siempre estaba lleno de gente”.

Según los familiares, podían pasar días y hasta semanas haciendo “guardia” para que les permitieran ver a quien iban a buscar. Mientras que los arraigados recuerdan con miedo que eran sólo unos minutos, a veces los dejaban comer lo que les llevaban.

La casa se compone de una sala-comedor, que es lo más “amplio”, un baño que está dividido: al fondo y con cancel el espacio para la regadera en donde colocaron dos, frente a frente.

Era donde los arraigados se metían a bañar de dos en dos “violando sus derechos a la intimidad, sexuales, todos”, dice el abogado. Junto, pero separado por un cancel está el sanitario y el lavabo. A ambos lugares se accede por un pequeño y reducido pasillo.

En esta casa llegó a haber hasta 40 personas arraigadas, las cuales estaban atadas en una cama y en ocasiones colgadas de un grillete colocado en el techo del cuarto de lavado

En esta casa llegó a haber hasta 40 personas arraigadas, las cuales estaban atadas en una cama y en ocasiones colgadas de un grillete colocado en el techo del cuarto de lavado

Es evidente que el baño se remodeló y acondicionó de acuerdo a las necesidades de Felipe de Jesús Muñoz para arraigar a las víctimas.

Ahí también estuvieron los oficiales de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para conocer las dimensiones, ya que se documentó, por los testimonios que recaudaron las víctimas, que hubo momentos en que llegó a haber hasta 40 personas confinadas.

Son tres recámaras muy pequeñas; ahí era donde los tenían en las camas, amarrados de pies y manos para que no se movieran y cuando “se portaban mal” según los cuidadores, como hacer sus necesidades fisiológicas en el cuarto, porque los llevaban al baño no cuando lo necesitaban sino cuando los verdugos querían; eran colgados en el cuarto de lavado, donde había un grillete en el techo con una cadena y ahí los mantenían por horas amarrados de las manos, y de preferencia desnudos, según los testimonios.

En los relatos que han hecho aquellos que se han atrevido a hablar, afirman que pasaban días sin que les dieran alimento o agua.

Junto a la cocina hay un “patio” de apenas un metro cuadrado y al fondo de la casa, a lo largo, otro espacio también muy reducido, que es por donde entra luz a las habitaciones que hoy hacen la función de oficinas de los abogados.

 Estaba en Malas Condiciones

Los renteros aseguran que cuando llegaron ahí la casa estaba en malas condiciones, poco a poco han ido mejorándola y han puesto cortinas, cuadros, letras con el nombre de su despacho y un cómodo sofá en donde esperan sus clientes.

Pero cuando llegaron no estaba así, sin embargo, reconocen que tampoco encontraron ningún tipo de herramienta que se utilizara para torturar y tampoco manchas de sangre ni de ningún otro fluido. Estuvo sola por mucho tiempo. Por lo que ahí ocurrió nadie quería rentarla y mucho menos vivir ahí.

Para cientos de personas, hombres y mujeres es la casa del terror; para algunas “autoridades” tenía un nombre más rimbombante: “de arraigo”

Para cientos de personas, hombres y mujeres es la casa del terror; para algunas “autoridades” tenía un nombre más rimbombante: “de arraigo”

Los que creen en las “vibras” saben que las que están en ese lugar no son para nada buenas; por eso, la opción era que se alquilara como oficina. Los oficiales de la ONU recorrieron e inspeccionaron el lugar. Encontraron en el cuarto de lavado el orificio en el techo del que, afirman las víctimas, los colgaban para “castigarlos”.

 El Timbre de Pajaritos

En las entrevistas que concedieron a Página 24 en su momento, tanto Christian Hernández Guzmán y Obed Salinas Santoyo; el primero acusado de haber sido quien robara “La Ultima Luna”, el negocio del compadre de Felipe Muñoz y en ese tiempo presidente del Patronato de la Feria, Alejandro Alba Felguérez; mientras que el segundo era policía municipal y le fincaron el delito de delincuencia organizada, declararon el terror “que provocaba que llegara la noche y se escuchara el timbre, que era de pajaritos y era la señal de que llegaban por varios de nosotros para torturarnos”.

El timbre fue cambiado, ya no es de pajaritos. Pero en ese tiempo era el “aviso” de lo que les esperaba a algunos de ellos. Hay quienes dicen que era al azar, otros que no, que los torturadores llevaban una lista y los llamaban por su nombre.

Después los sacaban, los subían a una camioneta “y se iban en contra hasta la Ministerial”, recuerda Christian. Ahí los bajaban al “gimnasio” o al “spa”, según el humor de Muñoz Vázquez, para provocarles todo el dolor que soportaran. Cuando perdían el conocimiento los hacían “revivir” a base de tehuacanazos o de toques eléctricos.

Obed fue uno de los que llevaron no a la bodega cerca de las vías del ferrocarril, sino a un lado de las mismas y lo amarraron de pies y manos, le colocaron una “capucha” en la cabeza y luego lo ataron a una camioneta para arrastrarlo por entre las piedras en varias ocasiones.

Los Asfixiaban con bolsas de plástico en la cabeza, “vendas” en la cabeza y parte del cuerpo en donde sólo les dejaban la nariz y la boca destapadas para obligarlos a beber agua “que tenía un sabor raro, como avinagrado” hasta prácticamente “reventar”.

Hubo violaciones con todo tipo de objetos a hombres y mujeres para sacarles las “verdades”.

Todo esto lo vivieron las víctimas por interminables días gracias a las órdenes que emitían los jueces penales, entre ellos el actual fiscal, Jesús Figueroa Ortega.

 Al Hospital y al Cereso

A quienes no aguantaban y los médicos legistas veían en peligro de muerte, los llevaban al Hospital Hidalgo. Cuando despertaban “estábamos con Jesucristo”, recuerda Christian, pero al menos ya no eran golpeados.

Las víctimas vivieron el infierno durante 20, 30, 40 o más días, según se resistieran a firmar declaraciones no hechas por delitos que se les imputaban

Las víctimas vivieron el infierno durante 20, 30, 40 o más días, según se resistieran a firmar declaraciones no hechas por delitos que se les imputaban

Recibían alimento tres veces al día, agua cuando tenían sed y les curaban sus heridas. También había quien pedía, suplicaba y hasta rezaba para salir de esa casa de “arraigo” y que lo llevaran al Cereso, en donde al entrar les cambiaba la vida, porque al igual que en el hospital, los dejaban de torturar.

Sin embargo, el terror y el daño psicológico era tal que Obed recuerda que ya estando en el Cereso llegó a orinarse en la cama de miedo.

Hoy en día, tanto Christian como Obed están libres, pero no están recuperados psicológicamente. Los dos coinciden en que su vida cambió irremediablemente porque ya no son los mismos.

Sus respectivas familias se fracturaron, perdieron prácticamente todo lo que tenían de bienes para comprobar su inocencia y tuvieron que empezar de cero. Obed sigue sin recuperarse económica y emocionalmente.

Christian ha rehecho su vida, tiene una nueva familia, pero el daño psicológico lo sigue martirizando, al igual que “el recordatorio” que le dejaron, ya que le provocaron quemaduras con una plancha al rojo vivo.

Esto y mucho más es lo que se llevaron los oficiales de Derechos Humanos de las Naciones Unidas que estuvieron en Aguascalientes.

“Las pruebas existen, las víctimas también. No hay nada inventado y todos se hicieron omisos y otros fueron cómplices. Hay quienes siguen en la cárcel pagando algo que no hicieron. Esto es lo que hizo ese infeliz de Felipe de Jesús Muñoz Vázquez para quedar bien con otros que están más arriba. Todos, ahora todos van a pagar”, afirmó Felipe Hinojo Alonso.