“Desde los Cuatro Años Trabajo”
Por Benny Díaz

En la banqueta, en la calle 5 de Mayo, Silvia Salazar vende frutas y verduras
Tiene poco más de 40 años de edad, pero aparenta más. Su piel curtida por el sol y el trabajo del campo han dejado huella en su rostro y sus manos, tiene sonrisa franca y aunque dice que le da pena, nos cuenta su historia, como la de tantas mujeres del campo que tienen que luchar todos los días para vivir.
“Me llamo Silvia Salazar Meléndez, soy de Calvillito y tengo más de 36 años vendiendo mis verduras y frutas. Mi agüelita me traía a vender desde que estaba chiquilla, como de cuatro años y estábamos en el mercado viejo (Terán), pero luego se quemó y nos mandaron seis años para atrás de San Diego y luego me vine para acá”, cuenta.
Silvia pone su puesto al ras del piso, con solo un plástico negro para acomodar las bolsas de verdura y fruta que no pesa, “solo las lleno”, dice, y las vende al mejor precio que puede para que se las compren.
Está en la calle 5 de Mayo, muy cerca de la Plaza del Mariachi y casi frene al templo del Sagrado Corazón.
El ruido de los camiones dice que le molesta: “Hay ocasiones en que cuando llego a mi casa lo único que quiero es acostarme, porque hasta la luz me molesta”.
En Calvillito tiene un “pedacito de tierra que me dejó mi suegra”, y ahí es donde tiene sus nopales y árboles frutales como durazno, manzana, mandarina, naranja y níspero, una fruta poco conocida en Aguascalientes pero “viera como me piden las hojitas, porque es re’güena para varias enfermedades, como el diabetes y hay quien las coce (las hojas) y la bebe como agua de uso”, cuenta orgullosa.
Tiene dos bolsas de níspero, un fruto pequeño de color amarillo que es dulce.
A 20 pesos, le dice a una clienta que no se la compra.
“No me acuerdo ni cómo me hice de esta plantita (el níspero), creo que me lo llevó un cuñado, pero ahora en Calvillito todos tienen, porque a todos les di”, dice riendo.
Ahora sus árboles frutales solo tienen mandarina y níspero, lo demás que vende lo compra; como las acelgas, verdolagas, ejotes, chiles, coliflor, lechuga y espinaca.
Todo le cabe en aproximadamente un metro cuadrado.
“Lo que más se vende son los nopalitos, pero ahorita los tengo que comprar, porque los míos ahorita no dan. Esos empiezan a brotar en febrero y durante cuatro meses es la cosecha, la fruta también es por temporada y es de donde nos ayudamos. Cuando es tiempo de “aguas” (lluvia de temporal) traemos también quelites, verdolagas, ejotes y huitlacoche, todo muy fresco”.
Ahora la mayoría del producto lo compra en el agropecuario, y en los días que mejor le va “vendo 600 o 700 pesos, pero de ahí tengo que volver a surtir y sacar para todo. Cuando vendo menos apenas ajusto los 300”.
De ahí sostiene a su familia, que está integrada por su esposo quien era albañil pero tuvo una lesión en la cadera “y ahora necesita una operación y una prótesis.
Ya anduvimos en el Seguro Popular, pero no cubre nada, entonces imagínese ¿cuándo voy a juntar para la operación?, por eso nomás le compro su diclofenaco o naproxeno, que no está tan caro o a veces algunas de mis clientas me regalan, como ya lo conocen. Es que ya tiene 12 años aquí conmigo ayudándome, porque no puede trabajar”.
Tiene tres hijos, pero no pueden hacer mucho por ella y su esposo: “Ellos estudiaron, terminaron su secundaria y se metieron a trabajar de albañiles, como su papá, pero ya están casados y tienen sus familias”.
Silvia asegura que de la verdura y la fruta “nada se desperdicia, porque lo que no se vende, nosotros nos lo comemos. ¿Carne?, pues una o dos veces por semana, porque ya ni podemos comer mucha mi esposo y yo”.
Lo único que tiene claro es que el resto de su vida será “marchanta”, porque “mire, aunque desde hace cuatro años las ventas están muy bajas, tengo que echarle más ganas, porque de aquí sale para mi comida”, concluye con una mirada de esperanza y una débil sonrisa, pero con la convicción y sinceridad que solo se puede apreciar en las personas sencillas del campo.







