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Por Benny Díaz

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“Don Ramiro me miró, sonrió y me soltó la bienvenida más corta, contundente y decisiva que me hayan dado en la vida: ‘¿Qué espera? Vaya y preséntese como reportera de Página 24’

Hay noticias que uno redacta con la soltura que da el oficio, con la prisa de la nota diaria y esa distancia casi quirúrgica que se cultiva con los años frente al teclado. Pero hay otras, como la que se nos viene encima de forma ineludible este sábado 19, cuando aparezca la última publicación digital de Página 24, que se quedan atragantadas en el pecho.

Cuesta trabajo asimilarlo. El legado periodístico de Ramiro Luévano López llega a su fin, y a mí me deja flotando en una extraña sensación de desfasamiento, con el corazón apretado entre la tristeza de la despedida y una gratitud monumental que sobrepasa cualquier cuartilla.

Durante mucho tiempo, en las salas de redacción de Aguascalientes se hablaba de él con una mezcla de recelo y reserva. Cuando yo apenas daba mis primeros pasos en el periodismo, trabajando en otro medio de comunicación, su nombre resonaba como el de alguien a quien inevitablemente había que tenerle miedo.

Era el mito del hombre indomable, la pluma temible detrás de las líneas que hacían cimbrar a la clase política local. Se sabía muy bien cómo había sido perseguido por atreverse a romper con el estereotipo del periodismo alineado y acartonado que imperaba en Aguascalientes.

Con TRIBUNA LIBRE vino a romper el molde por completo y a marcar una pauta inédita en la prensa de la región.

Pero la realidad suele desbaratar los fantasmas de la rumorología. Mi primer encuentro visual, de mi parte, con él no ocurrió en medio de una tormenta ni en un ambiente intimidante, sino en la cotidianeidad de una tarde cualquiera mientras yo esperaba un taxi sobre la avenida Madero.

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Ramiro Luévano López, en sus inicios en el periodismo, en el primer número de TRIBUNA LIBRE

De pronto vi pasar un Grand Marquis color arena, al volante iba Ramiro Luévano López, al verlo de cerca, aquella imagen preconcebida se desmoronó al instante: no vi a un hombre al que hubiera que temerle, sino a un hombre de estampa impecable, un verdadero caballero.

En aquellos años, la política del estado se medía en el termómetro de sus publicaciones. Todos negaban públicamente leer TRIBUNA LIBRE, pero la verdad era que todo el mundo lo abría y lo devoraba, aunque fuera a escondidas.

Para mí, el primer gran guiño con su periodismo ocurrió cuando yo cubría la fuente de espectáculos, en la que era especialista, para El Sol del Centro. En esa época entrevisté a Jorge Vargas, exesposo de Lupita D’Alessio. Fue durante la Feria Nacional de San Marcos y Jorge, que era actor y cantante, se presentó en el entonces Teatro del Pueblo que tenía como escenario la plaza de toros San Marcos.

Durante la entrevista me soltó una declaración: que “Dios protegiera a Otto Granados”, en ese entonces gobernador de Aguascalientes.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando, días después, leí la emblemática Columna del Diablito: ahí estaba reproducida esa exactitud de la conversación, acompañada de un apunte que se me quedó grabado para siempre: que aquello “estaba en la grabadora de la reportera Benny Díaz”.

Ese detalle, darle valor a lo que sucedía hasta en los espectáculos y en la era en la que había que andar correteando a los artistas para que dieran entrevistas y esperarlos horas y más horas para que accedieran, convencer a un montón de gente: desde los del Patronato de la Feria o donde se presentaran, además de al séquito que acompañaba a las “estrellas”, la labor no era sencilla y por eso me dejó claro desde muy temprano que a don Ramiro no se le escapaba nada.

Llegó el año de 1997. Él ya había fundado Página 24 El Mejor Periodismo Diario, mientras que yo atravesaba por una etapa profesional difícil, atrapada en un ambiente laboral profundamente tóxico, cansada y asfixiada, tomé la decisión de renunciar.

Me tomé un relax de varias semanas para tomar aire y, finalmente, junté el valor necesario para ir a buscarlo y pedirle trabajo.

Recuerdo perfectamente que eran pasadas las 3:00 de la tarde cuando llegué a las oficinas de la calle González Saracho. Para mi sorpresa, sin más trámites ni salas de espera eternas, como a las que estaba a acostumbrada a pasar donde renuncié, me pasaron directamente a su oficina.

Me presenté con el corazón acelerado, pero él me recibió con una amabilidad cálida que me desarmó de golpe. Le conté con franqueza que estaba desempleada y le mencioné que ese mismo día, dos horas más tarde, se llevaría a cabo una conferencia de prensa con Charlie Massó, el exintegrante de Menudo que se lanzaba como solista y que no se cubriría, de mi parte, porque yo ya no trabajaba en donde había renunciado.

Don Ramiro me miró, sonrió y me soltó la bienvenida más corta, contundente y decisiva que me hayan dado en la vida: “¿Qué espera? Vaya y preséntese como reportera de Página 24”.

Esas diez palabras marcaron el inicio de una historia que se extendió durante décadas, convirtiéndose en el escenario de las mejores experiencias de mi vida dentro del periodismo de Aguascalientes y Zacatecas.

Las Alas y la Tinta

Hay quienes caminan por las redacciones buscando solo la nota segura, la respuesta predecible que encaje en el párrafo de cortesía. Y luego estamos aquellos a quienes alguien, con la paciencia de los viejos maestros y la audacia de los que ya no le temen a nada, nos sacudió los hombros para enseñarnos a mirar detrás del telón. En mi oficio de la reporteada, ese punto de quiebre tuvo nombre y apellido: Ramiro Luévano López.

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En entrevista con el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, en 1994

Él fue quien me dio las alas para volar más allá de los acordes, las alfombras rojas y los boletines oficiales. Durante años, la rutina dictaba sentarse frente a los artistas para hablar estrictamente del nuevo disco, de la gira en puerta o de banales detalles de la farándula. Pero Ramiro Luévano me cambió la brújula con una premisa tan sencilla como lapidaria:

“Cuestione fuerte, sin temor, al final de cuentas la pregunta se hace y el entrevistado sabe si responde o cómo lo hace”.

El bautizo de fuego llegó con un encargo directo, una de esas asignaciones que te hacen sudar frío antes de encender la grabadora.

Era la época llamada “grupera”, en donde Los Tigres del Norte, Los Temerarios, Bronco y muchos otros más eran los que marcaban la pauta, los más famosos y se hacían unos bailes de antología, con sus presentaciones, en la antigua Villa Charra.

En un fin de semana, porque siempre los programaban en esas fechas para que la gente tuviera oportunidad de ir, anunciaron la presentación, como grupo estelar a Los Tucanes de Tijuana, y previo a su presentación ofrecían conferencia de prensa.

Don Ramiro me dijo que no les fuera a preguntar sobre sus éxitos bailables, sino para poner sobre la mesa un tema del que nadie en el medio artístico quería ensuciarse las manos: el narcotráfico y su impacto en la sociedad.

Me abrió un horizonte completamente distinto. Los ídolos populares tienen una influencia masiva en quienes los escuchan, lo que hacen y dicen tiene una repercusión política y social innegable, por lo que debían rendir cuentas ante el micrófono igual que cualquier funcionario.

Con el corazón a mil por hora, lancé la pregunta. La sorpresa fue mayúscula cuando la agrupación no esquivó el bulto, respondieron sin tapujos que el crimen organizado se debía ver como algo “no tan malo”, bajo el argumento de que movían la economía.

Recuerdo perfectamente que, tras escuchar semejante declaración, más de tres en el equipo perdieron hasta el color del susto, mientras la agrupación se mantuvo inmune, blindada por su propia realidad.

Ahí entendí que el periodismo real incomoda, expone y retrata el país tal como es, no como quisiéramos que fuera y aprendí que preguntar no tiene por qué dar temor, si el entrevistado se enoja, se pone nervioso, no responde ya es cosa de él, no del reportero y mi hasta entonces pequeño mundo cuadrado en el que me habían encerrado en el medio de comunicación en el que trabaja antes.

Me sentí tan libre, tan segura, que le agarré más gusto al oficio y fui creciendo casi sin darme cuenta hasta llegar al punto de preguntar sin rubor sobre cualquier tema, porque ese es el papel del reportero.

Juan Gabriel y la Verdad de los Albergues

Pocos años después, la vida y el oficio me llevaron ante otra gran figura: Juan Gabriel. En esa época, el escándalo sacudía a instituciones como la Ciudad de los Niños, tras destaparse terribles casos de abusos sexuales y físicos cometidos por religiosos contra menores.

Sabía que el Divo de Juárez había conocido el abandono en su infancia y que, años atrás, había fundado Semjase, un albergue infantil que durante décadas ofreció no solo techo y educación elemental, sino también un refugio donde la música salvaba vidas.

Con el nudo en la garganta, pero con la escuela de Ramiro Luévano bien firme en la memoria, le cuestioné sobre los abusos sistemáticos en esos espacios y el peligro potencial de los cuidadores, fuesen clérigos o laicos.

Juan Gabriel, con esa sensibilidad honda que lo caracterizaba, no se ocultó. Respondió abiertamente que en la mayoría de esos espacios el riesgo de abusos era real y latente, advirtiendo que hay que tener muchísimo cuidado con el perfil del personal que se contrata.

Me habló de todo tipo de abusos y defendió con orgullo cómo en su albergue se blindaba al máximo la seguridad y la integridad de los niños, cuidando cada contratación como si de su propia sangre se tratara; tiempo después el cantante cerró ese lugar.

Hace poco, en la serie que el propio Juan Gabriel fue documentado a lo largo de su carrera, deja al descubierto que él fue víctima de abuso sexual por un sacerdote cuando su mamá lo dejó en un albergue para poder trabajar y sostener a la familia al quedar viuda.

Mirar atrás y repasar esas entrevistas es confirmar que el periodismo de cepa, ese que se hace a pie de calle, con agallas y con la guía de un mentor generoso como Ramiro Luévano, no busca complacer aplausos, sino revelar las verdades incómodas que sostienen el mundo. Las alas ya estaban ahí; él solo me enseñó a abrirlas contra el viento.

Zacatecas

Desde el primer momento, don Ramiro quería a toda costa que me hiciera cargo de cubrir la fuente de política local, pero yo me resistí durante mucho tiempo; le tenía cierto reparo a dar ese salto.

Poco a poco fui dejando el trabajo de calle para sumergirme de lleno en la cocina del periódico: la edición. Pasé a estar al frente de la sección de espectáculos y también de la edición de Página 24 Zacatecas, y fue así, entre portadas, cabezas y cierres nocturnos, como terminé empapándome por completo de las tripas de la nota local.

Me tocaron los años convulsos del final del gobierno de Ricardo Monreal Ávila en aquella entidad y la posterior llegada de Amalia García Medina, una época de un trajín informativo desbordante.

En el tintero del día a día, don Ramiro me enseñó que en este oficio hay que ser meticuloso hasta la última coma. Me exigía a veces con un rigor implacable y seco, y otras entre bromas, risas y anécdotas, pero siempre bajo la misma premisa: entregar un trabajo impecable y exigirles esa misma excelencia a los reporteros.

Su confianza en mí llegó a tal grado que en varias ocasiones me envió a Zacatecas en su personal representación. Fueron años de aprendizaje intenso en los que comprendí lo que de verdad significa estar al frente de un periódico, lidiar con el personal, templar el carácter y sacar adelante la edición pasara lo que pasara, sin margen para la excusa. Una de sus grandes máximas era que “el trabajo todo lo vence”, y el tiempo me demostró que tenía toda la razón.

De él aprendí que el periodismo es un oficio que hay que ejercer todos los días con la pasión de la primera vez y que la premisa fundamental es siempre cuestionar.

En medio de esa vorágine tuve la inmensa fortuna de cultivar una amistad entrañable con su hija Montserrat, una mujer bella por fuera, pero infinitamente más hermosa por dentro. Con Montse compartí la experiencia inolvidable de salir a reportear juntas tanto espectáculos como cultura. Guardo en la memoria interminables noches en la redacción llenas de anécdotas, complicidades y risas mientras se armaba el diario que saldría a las calles al amanecer.

La partida de Montserrat de este plano dejó un vacío doloroso e imborrable en mi alma. Ese luto compartido me unió aún más al director, quien no dejaba de mostrarme, con el ejemplo diario, lo bueno y lo malo de la rigurosidad laboral.

Otra de sus máximas más repetidas se convirtió en mi propio credo profesional: no quería reporteros que se limitaran a poner la grabadora sin cuestionar lo que escuchaban.

“Hay que leer siempre, todo, hasta los folletos que le den. Uno nunca sabe de dónde surgirá una idea o un dato para una buena nota”, me insistía constantemente.

Son tantos años, tantas vivencias que se agolpan en la memoria. Imposible olvidar, por ejemplo, cuando se inauguró la Catedral del Periodismo y nos quedamos en la redacción hasta la madrugada imprimiendo las invitaciones, con el cansancio a cuestas, pero con el orgullo a tope.

A lo largo de todo ese tiempo también fui testigo de la cara amarga que suele acompañar a las grandes figuras: vi de cerca tantas cosas negativas y traiciones que sufrió de quienes menos esperaba, así como de otros que se aprovecharon sin escrúpulos de la buena fe de ese hombre que siempre creyó en la palabra de las personas.

Por eso, cuando él partió de este plano terrenal, lo sentí en lo más profundo de mi ser. Mi maestro se había ido, se nos había adelantado el jefe que tantas veces me brindó su apoyo económico, con préstamos prácticamente “a la palabra”, y moral en las situaciones personales más complicadas.

La última vez que escuché su voz fue precisamente por teléfono, cuando me llamó para darme una orden precisa sobre cómo escribir una nota. Hasta en el último contacto primó el oficio.

Trabajar los últimos años de la mano de su hijo Alain, como subdirector, ha sido para mí un verdadero honor. Su acompañamiento me mostró el camino de una nueva etapa en la redacción, y siempre voy a agradecerle su capacidad y esa rigurosidad para el trabajo que, sin duda alguna, le fue heredada de don Ramiro, al igual que su transparencia y su honestidad en el trato.

Describir en unas pocas líneas décadas de trabajo a su lado no es tarea fácil. Para mí es un honor absoluto haber estado firme hasta el momento en que se pone punto final a su legado, acompañándolo hasta su última edición.

Hoy se cierra de forma definitiva un capítulo trascendental en mi vida y en la historia del periodismo de Aguascalientes y de toda la región. Me siento profundamente orgullosa, honrada y agradecida de haber formado parte de la vida laboral y la Casa Editorial de Ramiro Luévano López.

Agradecida por sus enseñanzas, a veces impartidas con extrema rigidez, otras con bromas y sonrisas, pero siempre, siempre demostrando el gran ser humano que llevaba dentro.

Hasta siempre, don Ramiro. Gracias por todo. Mi lealtad, mi respeto y mi gratitud eterna para usted y su familia por siempre.