La Sobriedad
EN LA política, como en la vida, el estilo es forma, pero también es fondo. Y el contraste que vivió Aguascalientes esta semana no pudo ser más aleccionador. Mientras en el imaginario local aún resuenan los ecos de pasarelas estridentes, despliegues innecesarios de seguridad y puestas en escena costosas que parecen responder más al ego que a la sustancia, la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo vino a dar una lección implícita de lo que significa ostentar el mando con verdadera sobriedad.
NO HIZO falta sitiar la Velaria, ni la Expoplaza, ni ahogar el tráfico vehicular durante días para colgarse una medalla burocrática, como ocurrió con el alarde exagerado y el gasto desmedido para anunciar lo del municipio 12, una puesta en escena costosa para ofrecer tan poco a la ciudadanía, tampoco se necesitó importar alfombras rojas ni montar pasarelas internacionales para complacer visitas extranjeras como la de Isabel Díaz Ayuso, donde la parafernalia y el culto a la imagen terminaron por rebasar cualquier beneficio tangible para el estado.
A LA mandataria de la nación le bastó la estructura de la Velaria de la Expoplaza, un micrófono, dos pantallas y una puntualidad matemática para marcar el ritmo. Sin convoyes faraónicos que paralizaran a la ciudad ni una corte de funcionarios empujándose en la pasarela para salir en la foto, Sheinbaum se presentó como lo que es: la comandante suprema de las Fuerzas Armadas y la mujer que lleva las riendas de la República.
MENCIÓN APARTE merece la elegancia institucional con la que la presidenta ejerció la sororidad. No de los dientes para afuera ni en discursos acartonados, sino en los hechos. Por tercera ocasión en suelo aguascalentense, primero en Rincón de Romos y ahora por segunda vez en la Velaria, Claudia Sheinbaum tuvo que tomar el micrófono fuera de guion para defender a la gobernadora Tere Jiménez Esquivel frente a los gritos de rechazo.
EL GESTO habla impecablemente bien de la jefa del Ejecutivo federal: demuestra altura de Estado, respeto a la investidura local y una auténtica solidaridad de género al no permitir que el linchamiento verbal ahogue a otra mujer que también gobierna a los aguascalentenses.
EL PULSO del recinto no se midió en el aplauso oficialista ni en la gesticulación de los gabinetes, sino en la respuesta orgánica de la gente. El momento cumbre de la jornada no provino de una frase preconcebida de discurso de campaña, sino de una reflexión profunda y cotidiana sobre el papel histórico de las mujeres.
AL ABORDAR la invisibilización sistemática que durante siglos ha relegado el esfuerzo femenino en el hogar y en la vida pública, la presidenta tocó una fibra sensible que resonó en miles de rostros: la absurda narrativa social que condiciona a las mujeres a ocultar el paso del tiempo, como si cumplir años fuera una falta y no un testimonio de vida.
“HAY QUIENES dicen que las mujeres no debemos decir la edad, yo digo que sí: tengo 64 años y estoy bien”, lo dijo con una naturalidad que miles de las féminas presentes se sintieron identificadas y le aplaudieron, porque eso es tener no solo madurez emocional, una seguridad en sí misma que contagia, porque sin duda se ve estupenda y más con su forma sencilla y elegante de vestir mostrando los bordados que hacen las mujeres mexicanas.
LA RESPUESTA de la multitud no fue un aplauso de cortesía; fue un reconocimiento colectivo. En esa declaración sencilla, de hablar pausado, pero sin titubeos, se concentró una forma distinta de liderazgo. Frente al acartonamiento y la vanidad que suele contaminar a la clase política tradicional, se plantó una líder madura, una dama que no necesita elevar el tono de voz para imponer autoridad ni recurrir al artificio para hacerse escuchar.
EN LOS temas espinosos, donde otros prefieren la evasiva y el silencio, la presidenta mantuvo el temple. Sin rehuir el debate sobre el crimen organizado o la seguridad, fijó la postura del Estado mexicano frente a las presiones del exterior con elegancia constitucional: México colabora, pero no se somete; en este territorio solo manda el mandato popular expresado en las urnas.
ESA ES, quizás, la mayor lección que deja la visita presidencial a las tierras aguascalentenses. Para mandar no hace falta el estrépito de las sirenas ni el derroche presupuestal en escenarios efímeros. El verdadero poder no se disfraza de espectáculo, se ejerce con sencillez, firmeza y la convicción de quien sabe que la investidura no la otorgan los reflectores, sino el respeto de la gente. (BDR)
![]()




