Pese a la Lucha de su Familia, Solo ha Encontrado Silencio
Por Benny Díaz

Sergio de Lara Quezada desapareció el 30 de agosto de 2011 en Villa Hidalgo, Jalisco
Hay fechas en las que el calendario no avanza, sino que se solidifican. Nadie quiere pasar por la pesadilla de perder a un ser querido sin saber qué pasó, dónde está, quién se lo llevó, por qué… Para la familia De Lara Quezada, el tiempo se congeló la mañana del 30 de agosto de 2011. Aquel martes, Sergio de Lara Quezada, un joven trabajador de Aguascalientes, salió de su hogar con la rutina ordinaria de quien se gana la vida con el sudor de su frente: se disponía a trasladarse para conseguir las refacciones necesarias para reparar un camión.
Cruzó el umbral de su casa sin saber que también cruzaba una frontera invisible hacia la penumbra de la desaparición forzada. Entre los límites de Aguascalientes y Villa Hidalgo, Jalisco, no hubo retorno, solo el abismo de una ausencia que dura ya 15 años.
A partir de esa mañana, la vida de su padre, Sergio de Lara, quedó fracturada en dos: la existencia tranquila de un hombre de trabajo y el largo, espinoso peregrinaje de un padre buscador en un país donde buscar a un hijo es enfrentarse a la maquinaria misma del Estado.
La Geografía del Olvido y el Cinismo del Poder
El vía crucis de los De Lara no solo enfrentó la barbarie del crimen, sino la frialdad calculada del aparato burocrático. Su caso quedó atrapado en el limbo jurídico que la inoperancia institucional suele construir con esmero: para la Procuraduría de Aguascalientes, el hecho pertenecía a otra jurisdicción; para las autoridades de Jalisco, el expediente era una carpeta más para archivar o extraviar. Se pasaban la pelota de competencias entre estados, la investigación se diluyó entre carpetas, perdiéndose en cajones y omisiones dolosas.
El rostro más brutal de la revictimización llevaba nombre y apellido. En aquellos años, la Procuraduría de Justicia de Aguascalientes estaba bajo el mando de Felipe de Jesús Muñoz Vázquez, un personaje cuya gestión quedó marcada por señalamientos sistemáticos de tortura, fabricación de culpables y desprecio absoluto por los derechos humanos.
Con la soberbia del impune, la respuesta del procurador ante el dolor de Sergio padre no fue la diligencia ni la empatía, sino el estigma y la sentencia sin juicio: la criminalización exprés para lavar las manos del Estado y decretar la muerte burocrática del joven sin aportar prueba alguna.
Se pretendió enterrar la verdad debajo de la infamia, una práctica recurrente en una época donde las autoridades prefirieron calumniar a las víctimas antes que investigar a los perpetradores.
Encarcelar al que Busca
Cuando la razón no le asistió a las instituciones, usaron la fuerza. La exigencia de Sergio de Lara, incansable, incómoda, constante en los pasillos gubernamentales y en las plazas públicas, terminó por convertirse en una afrenta para un sistema que tolera la impunidad, pero castiga la dignidad.
En la perversión más absoluta de la justicia, al padre buscador no solo se le humilló y ninguneó; se le persiguió. Delitos fabricados, maniobras legales grotescas y el peso del encarcelamiento fueron la respuesta del aparato estatal para intentar silenciar su reclamo y excluirlo de los registros oficiales de víctimas, porque se atrevió a denunciar que su hijo podría estar enterrado clandestinamente en Tres Centurias, justo donde en 2011 era la pensión de la Procuraduría.
Se hizo la búsqueda exprés con resultados que no convencieron a nadie y el mensaje perverso: encarcelar al padre que no se resigna, encarcelar la memoria para proteger la comodidad de los despachos oficiales.
Sergio de Lara conoció las rejas no por delinquir, sino por el delito inestimable de amar a su hijo y negarse a dejarlo en el olvido. Lo encerraron por manejar su propia camioneta.
Quince Años de Silencio Ensordecedor
Han transcurrido tres lustros desde aquel agosto de 2011. 15 años en los que los responsables de la desaparición siguen en las sombras, y donde figuras como Muñoz Vázquez han gozado de la cobijante impunidad que el sistema reserva para sus verdugos. 15 años en los que el Estado mexicano ha sido incapaz de responder a las preguntas más elementales: ¿dónde está Sergio?, ¿qué le hicieron?, ¿quiénes son los culpables?
El silencio que rodea el expediente es ensordecedor, pero no ha logrado sofocar la voz de un padre. Las marcas del encierro injusto, las vejaciones y el desgaste físico no han doblado la columna vertebral de Sergio de Lara. Ante la indolencia del poder y la complicidad de las instituciones, su figura se erige hoy como un monumento a la resistencia civil y al amor filial.
Quince años después, Sergio de Lara Quezada sigue haciendo falta en su hogar, pero en Aguascalientes y en cada rincón donde se exige justicia, el caminar incansable de su padre recuerda que mientras haya un aliento de vida, el olvido no ganará la batalla.




