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Estremecedora Denuncia de la Periodista Benny Díaz:

* Vendieron Varias Veces el Nicho Donde Reposaban

* Díaz Olvera Reveló sin Pudor: “Están en la Fosa Común”

Por Benny Díaz

Imagen relativa a la nota.

La capellanía del Señor de los Rayos: corrupción a nombre de la Iglesia

Durante todos los años que llevo ejerciendo este maravilloso oficio me ha tocado escribir historias desgarradoras que me han llenado de indignación, de impotencia y por eso desde la trinchera que tengo, que es mi pluma, he dado voz a quienes no la tienen y he visibilizado cosas que pocos se atreven a decir por conveniencia o por miedo.

Hoy escribo desde mi propio dolor, uno que he llevado en el corazón y el alma por décadas, que me ha hecho en ocasiones sentir rabia, asco, náuseas y que, aunque suene paradójico por amor y por lealtad a una de las mujeres que más he amado en mi vida, me vi obligada a callar: esa mujer es mi madre, quien fue creyente y devota hasta su último suspiro y me inculcó la fe católica, pero hay otra parte en mí y es el legado de mi padre, un militar que tenía el código del honor y me inculcó que siempre hay que ir por la vida con la verdad, aunque duela, porque es mejor que vivir en una mentira y guardar secretos que tarde o temprano terminar por salir a la luz, porque siempre, pero siempre, la verdad se impone.

Mi mentor en este precioso oficio me reforzó ese valor, me mostró que el periodismo no debe ser cómodo, sino cuestionar lo que haya que cuestionar y exponer lo que se tenga que exponer.

Por eso hoy hablo a nombre de Natalia, mi abuela materna, una mujer a la que la Iglesia Católica le arrancó, por corrupción y mercantilismo puro, el derecho a descansar en paz, cuando se había pagado, con mucho esfuerzo por parte de mi madre, un nicho en el templo del Señor de los Rayos para que sus restos reposaran ahí.

Hay ausencias que pesan por su libertad y otras que ahogan por la injusticia. La de mi abuela, Natalia Reyes Carmona, pertenecía a las primeras hasta que la codicia vestida de sotana la convirtió en las segundas.

Durante años guardé este dolor en el fondo del pecho, sepultado bajo una promesa que no era mía, sino de la devoción de mi madre. Hoy rompo ese silencio porque entendí que la complicidad se viste de resignación y que callar ante lo sagrado profanado no es piadoso: es cobarde.

Mi abuela Natalia fue el eje invisible sobre el que se levantó mi infancia. Era una mujer humilde, de manos tibias y disciplina dulce, que a días de dejar este mundo acudió a todas las posadas y guardó todos los dulces que le dieron en “los bolos” para mí, su nieta más pequeña.

A través de mi madre, le dio orden, ternura y estructura a mi vida. Si sé lo que significa el cobijo, es porque ella nos enseñó a habitarlo. De mi madre heredé la sensibilidad y la fe; de mi padre, en cambio, recibí un bien inalienable que ha sido mi brújula moral en los días más oscuros: la convicción inflexible de que la dignidad humana exige conducirse con honor y verdad, cueste lo que cueste.

Soy bautizada y crecí en la fe. Pero también ejerzo el bendito oficio de la reportera, una vocación que no me permite cerrar los ojos ante el hecho ineludible de que la Iglesia, en su dimensión terrenal y administrativa, está compuesta por hombres fallidos. Y cuando la fe se utiliza como escudo para la impunidad, el periodismo deja de ser solo una profesión para convertirse en un deber moral.

La Profanación

El contrato parecía claro: un espacio de paz en las criptas del Señor de los Rayos. Un nicho bendecido donde los restos de Natalia descansarían tras una vida de entrega y trabajo. Sin embargo, lo que para nuestra familia era un santuario de memoria, para la administración de la capellanía resultó ser simplemente un inmueble de alta rotación.

La verdad emergió con la frialdad de una losa cambiada: el nicho de mi abuela había sido vendido no una, sino varias veces a distintas familias. Y sus restos sencillamente desaparecieron y nadie sabía nada. Cuando mi hermana y yo fuimos a pedir explicaciones, nos topamos con la primera cara de la soberbia. El primer sacerdote que nos recibió, cuyo nombre desconozco, no solo se negó a darnos razón, sino que nos corrió del templo con violencia verbal, indignado porque dos mujeres cuestionaran la gestión de su capellanía y nos dijo ridículas, exageradas, todo esto mientras se ponía la sotana para dar una misa.

Mi hermana y yo salimos de ahí enterrándonos las uñas en las manos para no responder en el mismo tono, porque a pesar de todo tenemos respeto al clero, ya que como en todos lados, hay sacerdotes como ese, violento y misógino, pero otros que cumplen a cabalidad con su ministerio y también de esos nos hemos encontrado en el camino.

Mi mamá vivía aún y, para nosotras, lo que ella decía era ley. Su instrucción fue que no denunciáramos porque los sacerdotes “no son iguales, son hombres consagrados”.

Yo lloré, traté de razonar con ella de que por muy consagrados, era un delito lo que habían hecho y que los restos de mi mamá grande, como le decíamos a mi abuela, no era cosa menor, que tenían que responder por eso.

Las lágrimas de mi madre y su mirada triste me desarmaron, lloré tanto por no poder hacer que rompiera esa barrera que ahora, con el tiempo, no sé si era sólo fe o también temor.

Tiempo después apareció otro nombre: el cura Marco Antonio Díaz Olvera. Con una actitud en apariencia distinta, porque había una relación de “amistad” con su familia, o al menos con uno de sus hermanos que fue compañero de preparatoria y también sacerdote, quien desde antes de ser seminarista, cuando lo fue y cuando se ordenó, siempre fue recibido en mi casa como amigo.

Él me dijo que Marco me ayudaría. Me dio su número de teléfono y al principio fue cordial y llegó a asegurarme que él tenía los restos de mi abuelita. Con el corazón en la mano, le pedí que me los devolviera para darles el trato digno que merecían y eran excusas, tras excusas.

Luego de ser cordial pasó a no contestar llamadas con la regularidad que se las hacía para saber cómo iba el proceso. Porque tenían un total desorden al haber vendido tantas veces la misma cripta, pero a mí lo que más me importaba eran los restos.

Cuando luego de varios intentos de llamadas telefónicas no había respuesta, le marqué de un número diferente y me contestó al primer timbrazo, su respuesta fue un golpe seco en el alma: me dijo, sin el menor remordimiento, que los restos de Natalia habían sido arrojados a una fosa común.

-¡¿Qué?!- le dije llena de incredulidad e indignación. Le exigí que me dijera dónde estaba esa fosa común, se negó y cortó toda relación conmigo.

Los huesos que sostuvieron los abrazos de mi niñez habían sido despojados por la negligencia y arrojados al olvido por quienes administran la fe.

Reclamo Justicia

¿Por qué callé durante tanto tiempo? Por amor filial. Mi madre, profundamente devota, me suplicaba con lágrimas en los ojos: “Déjalo así, hija. No te pelees con la Iglesia”. Durante años acaté su mandato y tragué el coraje en cada eucaristía. Pero el silencio no cura las heridas; solo protege a la institución de la que puede haber más víctimas invisibles.

Hoy escribo estas líneas desde la exigencia inquebrantable de justicia. Natalia Reyes Carmona era una mujer humilde, profundamente amada por su nieta y por su familia, y no merecía un fin tan mezquino a manos de la Iglesia Católica.

A mi abuela le debo la memoria y la búsqueda inalcanzable de la verdad; a mi madre le pido perdón por romper el cerrojo con el que intentaba protegerse; y a mi padre le honro la herencia: la de no bajar la cabeza ante la injusticia, ni ante “los más poderosos”, y recordar que la verdad es el único suelo firme sobre el cual se puede mantener en pie el honor.

Sobrevivió a la Sombra

Hay mujeres cuya existencia desafía las leyes de la física y de la vida. Mujeres que sufren embates capaces de pulverizar el alma de cualquiera, pero que, en lugar de convertirse en ceniza, se transforman en refugio. Esa fue mi mamá grande, mi abuela Natalia Reyes Carmona.

Hoy, cuando miro mi propia vida, sé que el amor no se mide en el transcurso de las décadas, sino en la profundidad con la que marca el espíritu. Solo la disfruté seis años de mi vida. Seis años breves, luminosos y eternos que bastaron para sembrar en mí la estructura de quien soy. La sangre que corre por mis venas lleva sus genes y una resiliencia indestructible que heredé a través de la madre que ella me dio.

Esta es la historia de la mujer a la que la violencia intentó apagar, pero cuya luz sigue gritando justicia a través de mi voz.

La vida de Natalia estuvo marcada desde muy temprano por la crueldad de un hombre violento, su propio esposo, mi abuelo. En un tiempo y en un mundo donde el dolor de las mujeres se silenciaba tras las paredes del hogar, mi abuela resistió la brutalidad cotidiana. Los golpes no solo buscaban doblegar su cuerpo, sino quebrantar su espíritu.

Aquel infierno culminó en la oscuridad física: la violencia sistemática de su agresor terminó por arrebatarle la vista. Natalia quedó ciega, sumida en una penumbra irreparable provocada por las manos de quien debía protegerla. Como si ese calvario no fuera suficiente, la tragedia la golpeó con la garra más voraz que puede desgarrar a una madre: la desaparición de una de sus hijas, una tía que nunca conocí. Un abismo de incertidumbre y ausencia que arrastró consigo durante el resto de sus días.

Cualquiera hubiera esperado que de tanta sombra naciera una mujer amargada, rota o distante. Pero mi mamá grande hizo algo extraordinario: convirtió su ceguera en una forma más profunda de mirar el mundo y transformó su dolor en una fuente inagotable de ternura.

Aunque sus ojos ya no podían contemplar la luz del sol, las manos de Natalia aprendieron a reconocer la forma de nuestros rostros, el tono de nuestras voces y la vibración de nuestros miedos. Jamás escuché de su boca un reproche hacia la vida; jamás vi en sus gestos la sombra de la venganza.

Para mí era mamá grande, porque su presencia llenaba cada rincón de la casa. En sus brazos encontré la seguridad que solo brindan las almas que han atravesado el fuego y han salido purificadas. Ella le dio estructura a mi madre, enseñándole a ser el pilar que después me sostuvo a mí, transmitiéndome una cadena ininterrumpida de amor, dignidad y cobijo.

La vida solo me concedió seis años a su lado. Seis años de niñez en los que sus historias, su disciplina dulce y su afecto incondicional se grabaron a fuego en mi memoria. Hoy sé que la calidad de su amor valió por cien vidas. Ella me enseñó, sin saberlo, a no rendirme jamás.

Resulta una ironía cruel y dolorosa que una mujer que sobrevivió a la brutalidad machista, a la pérdida de la vista y a la desaparición de una hija, haya encontrado su último ultraje en manos de la institución que promete el consuelo eterno.

La Iglesia Católica, a través del templo del Señor de los Rayos, cometió contra Natalia una traición ruin, cobarde y mezquina. Vendieron su nicho una y otra vez; nos corrieron del templo cuando exigimos respuestas; nos engañaron con falsas promesas de devolución y, finalmente, despojaron sus restos para arrojarlos a una fosa común en el anonimato y la negligencia absoluta.

Le negaron en la muerte la dignidad que ella construyó con tanto esfuerzo en vida. Pensaron que, por haber sido una mujer humilde, su memoria se disolvería en el olvido. Pensaron que el silencio de mi madre, mantenido por una devoción inocente, protegería para siempre su delito.

Pero se equivocaron. Por mis venas corre la sangre de Natalia Reyes Carmona. Su resiliencia no se quedó en la tumba ni se perdió en la fosa común a la que la arrojaron: vive en mí.

Con mi oficio de reportera, el valor de buscar la verdad que me legó mi padre y que luego “pulió” mi mentor con sus enseñanzas y su ejemplo, y la fe en un Dios justo que me enseñó mi madre se unen hoy en una sola causa. Este no es solo un reclamo periodístico es una denuncia formal, un acto de amor filial y de resistencia espiritual.

A Natalia le arrebataron la vista, le arrebatan la paz de sus restos y pretendieron arrebatarle el nombre. Pero hoy, a través de mi pluma y de mi voz, mi mamá grande grita por la justicia que le fue cobardemente negada. Y mientras yo respire, su historia de luz, amor y verdad prevalecerá sobre la mezquindad de quienes profanaron su descanso.

Creer en la luz, no en la Complicidad

Sé bien a lo que me expongo. Si por decir la verdad soy despreciada o rechazada en esa institución religiosa, no dejaré de creer. La fe que me inculcó mi madre vive intacta en mí; soy bautizada y creo profundamente en Dios. Pero creo en el Dios de amor: aquel que caminó al lado de los más pobres y desprotegidos, el que jamás ocultó nada, el que despreció abiertamente a los hipócritas y el que nos prometió que la verdad nos hará libres.

Este acto de resistencia no es una renuncia a mis creencias ni una abdicación de mi fe. Pase lo que pase, seguiré siendo católica por convicción, porque mi fe no les pertenece a quienes lucran con la muerte ni a quienes esconden la injusticia tras el altar. Creo en la gracia, pero no en los secretos que duelen ni en las complicidades que matan poco a poco. El silencio ya no tiene cabida en mi vida.

La Verdad no se Negocia

Y por eso estas líneas son para el obispo Juan Espinoza Jiménez, quien presume de mano dura contra los sacerdotes que han obrado mal, pues bien, tiene a su lado uno que es cómplice de la desaparición de los restos de mi abuela.

Usted ha construido una reputación pública de firmeza y rectitud en la disciplina sacerdotal; se le reconoce como un obispo que exige cuentas y no solapa desvaríos en su diócesis. Pues bien, ha llegado el momento de demostrar si esa rectitud se aplica con la misma balanza a la codicia y a la crueldad institucional, o si se detiene justo en las puertas de la complicidad de la capellanía.

Exijo formalmente y sin rodeos que ordene que el presbítero Marco Antonio Díaz Olvera, diga dónde están los restos de mi abuela, ya que me dijo que se habían enterrado y quiero recuperarlos, así como una auditoría a la administración del templo del Señor de los Rayos y la reposición de ese nicho por el que mi madre pagó y del que tengo el título de propiedad.

Mi abuela, Natalia Reyes Carmona, no fue una desconocida para la fe ni para la Iglesia. Fue una mujer humilde que, en su pobreza material y en su ceguera, nos enseñó a ayudar al prójimo y no dar lo que sobrara, sino lo que teníamos.

Mi madre, María de los Ángeles Ramírez Reyes abrió las puertas de su casa no a uno, ni dos, a varios de sus sacerdotes, los alimentó con lo que tenía y creyó fielmente en ellos. Esas mismas puertas que mi familia les abrió con devoción y generosidad fueron las que después sus clérigos nos cerraron en la cara con soberbia y desprecio.

Y se lo digo no como reclamo, porque las obras de misericordia se hacen con el corazón, es la primera vez que menciono esto y lo hago por la manera en que fuimos tratadas en su momento.

El primer sacerdote que nos atendió a mi hermana y a mí se limitó a corrernos del templo con violencia verbal por el simple hecho de exigir una explicación sobre el nicho de mi abuela. Después apareció Marco Antonio Díaz Olvera, quien jugó con la angustia de nuestra familia: primero prometió investigar, luego me aseguró que él mismo tenía los restos de Natalia, para después refugiarse en el silencio, dejar de contestar el teléfono y, finalmente, confesarme por sorpresa desde un número desconocido que la habían arrojado a una fosa común, negándose a revelar la ubicación.

Eso no es solo negligencia ni desorden administrativo: es avaricia mercantilista al vender varias veces el mismo nicho, es una omisión cobarde y es una profanación vil a la memoria de una mujer que solo buscaba el descanso eterno.

Exigimos Justicia Humana

Natalia Reyes Carmona ya no está en este mundo para defenderse, pero yo sí. Estoy viva, estoy en la tierra y por mis venas corre su sangre, su honor y su fortaleza. No voy a permitir que su nombre sea tratado como una cifra en un libro de contabilidad parroquial ni como un desperdicio del que se deshicieron en el anonimato.

Exijo justicia en dos frentes innegociables:

La justicia legal y terrenal: Que las autoridades correspondientes determinen las responsabilidades penales y civiles por la mercantilización indebida de nichos y la pérdida de restos humanos.

La justicia eclesiástica: Que la diócesis a su cargo investigue, sancione y retire la impunidad al cura Marco Antonio Díaz Olvera y a todos los implicados en este entramado corrupto.

Y le aclaro algo desde ahora, monseñor, para que no pretendan encasillar esta denuncia en el cliché del resentimiento: no me voy a ir de la Iglesia Católica. Soy católica creyente y practicante; mi fe no pertenece a sacerdotes omisos ni a administraciones mercenarias. Mi fe pertenece al Dios de amor y de verdad que aborrecía la hipocresía de los falsos doctores de la ley y que hay presbíteros que son fieles a eso y tienen una vida recta y siguen siendo apóstoles en nuestros días, del “crucificado”, como usted lo llama.

Quiero justicia terrenal aquí y ahora. Porque si bien sé que de la justicia divina no se librarán, por más que vistan sotana o pretendan llamarse “hombres de Dios”, en este suelo donde pisé con mi abuela y donde ejerzo el periodismo, la verdad saldrá a la luz.

Quedo a la espera de una respuesta formal y coherente con la rectitud que usted pregona, porque si opta por el silencio y la inacción, entonces usted también será cómplice de este delito, que es grave, porque la desaparición de unos restos en manos de la Iglesia Católica es para escandalizar a cualquiera con un gramo de sensatez.

Y cierro con una pregunta, ¿qué haría usted señor obispo si el desaparecido fuera su familiar?, ¿qué haría Marco Antonio Díaz Olvera si eso le pasara a él con un ser querido?

Si la Iglesia desaconseja la dispersión de las cenizas, imagínese de unos restos que desaparecieron y no sabemos en dónde están ni qué fin tuvieron.