Entre el Cielo y el Suelo…
…HAY ALGO, con tendencia a quedarse calvo, la cara oculta es la resulta… es lo que cantaba Mecano en los 80 y qué atinado diagnóstico para la Iglesia Católica que lleva dos milenios prometiendo la gloria del primero mientras a veces pisotea, vende y profana lo más sagrado del segundo.
LA DIFERENCIA es que en el drama de la Iglesia Católica, lo que queda tirado en el medio no es un recuerdo vago ni un amor de balada pop: son los cadáveres, las vidas arruinadas, las escrituras falsificadas y la fe saqueada de millones de creyentes que cometieron el error de confundir la gracia divina con la burocracia de la sotana.
A LO largo de la historia, el catálogo de horrores ha mostrado una incoherencia total con el Evangelio, y no es interpretarlo a modo, lo escrito, escrito está. Cambian los siglos, mutan los dogmas, pero el método permanece intacto. Desde los tribunales de la “Santa Inquisición” que quemaban vivos a los disidentes en nombre de la caridad cristiana, hasta el tráfico medieval de indulgencias donde el perdón de las penas del purgatorio tenía tarifa fija en monedas de oro.
LA SALVACIÓN siempre ha sido una cuestión de caja; el pecado, un excelente modelo de negocio.
PORQUE SI algo ha sabido administrar la jerarquía eclesiástica no es el evangelio de la pobreza, sino la doble moral como política de estado.
SACERDOTES QUE se rasgan las vestiduras desde el púlpito pontificando sobre la castidad y la familia tradicional, mientras en la penumbra de las sacristías y los despachos parroquiales ejercen la avaricia más vulgar, el encubrimiento sistemático y la rapiña descarada.
PREDICAN LA resurrección de los muertos, pero en el terreno práctico administran las criptas con la lógica de un agente inmobiliario de tercera categoría, vendiendo el mismo espacio tres o cuatro veces al mejor postor y arrojando los restos a la fosa común cuando la cuota deja de fluir.
AHÍ RADICA el verdadero cinismo de esta maquinaria: en su capacidad para exigir la sumisión del rebaño mientras sus pastores actúan con la impunidad de quien se sabe intocable.
NOS PIDEN resignación terrenal a cambio de una recompensa celestial que ellos mismos, a juzgar por sus actos, no se creen ni por un segundo. Si creyeran un ápice en el juicio final que le recitan a los ancianos y a los moribundos, no dormirían con la tranquilidad con la que archivan denuncias, esconden desfalcos y le cierran la puerta en la cara a las víctimas que osan pedir explicaciones.
AL FINAL, la tragedia no es Dios, Dios suele ser el gran ausente en las oficinas donde se firman los recibos de mantenimiento parroquial.
LA TRAGEDIA son los hombres que se apropiaron de su nombre para erigirse en jueces de la moral ajena mientras practican la propia en la clandestinidad del silencio.
ENTRE EL cielo y el suelo hay una grieta enorme, cavada a fuerza de hipocresía, soberbia y sotanas manchadas. Y abajo, en el suelo de la realidad, quedamos los mortales contando las pérdidas.
Y COMO no he cometido algún pecado que acredite la excomunión, ipso facto por apostasía, herejía o se ha roto la subordinación (cisma) –porque de que hay buenos sacerdotes los hay, eso no se pone en duda–, la violación directa del sacramento de la confesión por un sacerdote, el procurar o participar en un aborto o la cooperación necesaria para que un aborto se lleve a cabo y de ninguna manera lo haría, ni modo, hay católica hasta el fin de mis días, pero lúcida, que ora incluso por aquellos que andan demasiado “extraviados”; que practica el catolicismo con fervor y que busca siempre respetar los mandamientos, entre ellos el de la reconciliación y la eucaristía, que cree en Jesús, venera a la Virgen María y a los santos, pero jamás rezandera, ni a modo, para guardar silencios de actos deleznables, cobardes y ruines. Amén. (BDR).
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