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“Sociedad en General, con Grado de Enfermedad Emocional Severa”

Por Benny Díaz

“La violencia y el abuso, en cualquiera de sus manifestaciones, no sólo dejan marcas emocionales visibles, sino que impactan de manera profunda la estructura neurobiológica, psicológica y física de las personas. Para abordar de manera rigurosa las secuelas del trauma, la psicología y la psiquiatría se apoyan en herramientas estandarizadas como el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) y la CIE-10 / CIE-11 (Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS), que es lo que debe regir la práctica ética de cualquier profesional de la salud mental”, declaró en entrevista la maestra en psicología Diana Lucero Ramos Díaz.

Esto porque, según la experiencia que le ha dado el ejercicio de su profesión, el acoso y los diferentes tipos de violencia “han llevado a un grado de enfermedad emocional severa a la sociedad en general, actualmente las personas están como si estuvieran en una olla de presión, con cualquier cosa ‘explotan’ y los lleva a la violencia, en ocasiones desbordada que causan daños severos a ellos y a terceros”.

La especialista mencionó que la depresión mayor, ansiedad generalizada, trastorno de estrés postraumático y ataques de pánico son comunes en la sociedad que vive un ritmo en donde “las personas no se dan tiempo para el autocuidado y debe haber durante el día mínimo una hora para dedicarse a aprender a relajarse y entender sus emociones y dejarlas fluir”.

Si no se trata esto a tiempo, el siguiente paso son los trastornos de conducta sexual y “es la aversión sexual, disfunciones psicogénicas, distorsión de la imagen corporal y conflictos de identidad derivados de agresiones sexuales, seguidas de las manifestaciones somáticas y físicas como alteraciones del sueño, dolor crónico, trastornos gastrointestinales y descompensaciones en condiciones médicas preexistentes, como en pacientes con insuficiencia renal, donde el estrés traumático acelera el deterioro sistémico”.

El Violentómetro

En la consulta clínica, una de las mayores dificultades es que la víctima reconozca que está viviendo una situación de abuso, ya que con frecuencia la violencia se normaliza o se minimiza. El violentómetro, desarrollado por el Instituto Politécnico Nacional y respaldado por organismos de salud, se utiliza como una escala pedagógica y de diagnóstico visual dividida en tres niveles de gravedad: verde, en donde hay que poner atención; amarillo, hay que reaccionar; y rojo, hay que pedir ayuda de inmediato.

“En el nivel verde la violencia es sutil como burlas, bromas hirientes, chantaje emocional, celos, descalificación, ridiculización y control sutil sobre la vestimenta o amistades y la sugerencia clínica es identificar los primeros límites que hay que poner y no justificar conductas posesivas o despectivas.

“En el nivel amarillo están humillaciones en público o privado, amenazas, aislamiento de redes de apoyo como familia y amigos, destrucción de bienes personales, manoseos no consentidos y prohibiciones explícitas; la sugerencia es establecer redes de contención y buscar orientación profesional inmediatamente.

“En el nivel rojo están la violación, abuso sexual explícito, agresión física, amenazas con armas, encierro y riesgo inminente para la vida y aquí la intervención debe ser multidisciplinaria porque la persona debe tener atención psicológica, médica y legal, priorizando la integridad física”.

Romper el Silencio

Cuando un paciente acude a consulta o atraviesa una situación de abuso sexual o físico, el primer paso clínico es la psicoeducación. Es fundamental mostrarle de forma objetiva, mediante el violentómetro, que la responsabilidad de la agresión recae exclusivamente en el agresor.

“El silencio es el principal aliado del abusador, explicarle a la víctima la dinámica del ciclo de la violencia le permite entender que las agresiones no se detendrán por sí solas, tienden a escalar; sentir culpa o vergüenza es una consecuencia directa de la manipulación psicológica, no quedarse callado es el primer acto de autoprotección para romper el círculo del trauma”.

Existe un grave subregistro en los casos de violencia y abuso sexual sufridos por hombres. “Por mandatos culturales y estereotipos de género como ‘los hombres no lloran’, ‘un hombre debe saber defenderse’, los varones tienden a guardar silencio por temor a la burla, la estigmatización o el cuestionamiento de su masculinidad. Los niños y hombres jóvenes expuestos a abuso sexual o acoso suelen presentar un aislamiento severo, somatizaciones y conductas autodestructivas.

“Al no encontrar espacios donde expresar su vulnerabilidad, muchos hombres adultos internalizan el dolor, lo que dificulta la denuncia penal y la búsqueda de atención psicológica oportuna. Es indispensable visibilizar que los hombres también son víctimas de abuso y que buscar ayuda es un acto de valentía y salud mental, no de debilidad. La infancia y juventud son las etapas transicionales de mayor vulnerabilidad, es cuando se genera la construcción de la identidad y valoración de la imagen corporal, el desarrollo de la sexualidad y las primeras relaciones interpersonales, y las exposiciones al acoso escolar y en ocasiones también se junta con el ciberacoso”.

Es en esta etapa donde se registra la mayor prevalencia de problemas psicológicos derivados del abuso. Las agresiones sufridas durante la consolidación de la autoestima dejan secuelas que, de no ser intervenidas con apoyo especializado, se arrastran hasta la vida adulta.

Crueldad Hacia Los Animales

El maltrato y abuso hacia los animales no es un hecho aislado; en la evaluación clínica e interdisciplinaria es reconocido como un indicador de alerta temprana de violencia intrafamiliar y social.

“La crueldad física hacia los animales como uno de los criterios sintomáticos en los trastornos de la conducta, la persona que maltrata o tortura a un animal demuestra una falta de empatía y una necesidad de ejercer poder sobre un ser indefenso, patrón que con frecuencia se traslada hacia niños, mujeres, personas con discapacidad y adultos mayores”.

La violencia es un fenómeno transversal que no se limita a una edad o género específico. Si no se frena a tiempo, escala y muta a lo largo de toda la estructura social, alcanzando de forma dramática a los adultos mayores, quienes enfrentan situaciones de negligencia, abuso financiero, abandono, violencia física y psicológica por parte de sus propios cuidadores o familiares.

“La prevención y erradicación de la violencia requieren un compromiso integral de la sociedad, las instituciones de salud y el sistema judicial. Reconocer las señales a través del violentómetro, diagnosticar a tiempo y promover espacios seguros donde tanto mujeres como hombres, niños y adultos mayores puedan denunciar sin ser juzgados, es la única vía para garantizar una vida digna y libre de abuso”.