Supervisa la Clínica de Hemodiálisis del IMSS
Por Benny Díaz \ Fotos: Francisco Javier Sosa Ordóñez

Claudia Sheinbaum Pardo llegó sin vallas infranqueables ni cordones de seguridad civil
En la calle Artillero Mier, en el fraccionamiento Morelos, muy cerca del banco de sangre estatal, del centro de salud mental Agua Clara y del refugio para personas en situación de calle que tiene el Municipio, se encuentra la clínica de Hemodiálisis del IMSS, la misma que, al iniciar su construcción, fue objeto de manifestaciones y quejas y hoy se atienden aquí centenares de pacientes al día.
No hubo cercos, tampoco policías antimotines ni de ninguna otra clase, camiones o combis de acarreados como solía ocurrir en el pasado ante una visita presidencial. Esta vez, el lugar estaba tan tranquilo que hasta se dudaba que fuera real que Claudia Sheinbaum Pardo pudiera llegar a ese sitio.
El hermetismo con el que se manejó la visita obedeció a que no era de carácter oficial, sino “privada”, aunque fue la propia presidenta quien lo hizo público días antes durante la mañanera.
La certeza llegó cuando apareció Zoé Robledo Aburto, director general del IMSS, quien esta vez sí habló con reporteros y hasta envió mensaje a los que están enojados porque se les acabó la mina de oro de la subrogación de parte del instituto para atender a los pacientes renales que necesitan hemodiálisis, que en la entidad es casi una pandemia.
Antes de llegar al lugar, la mandataria estuvo en una escuela de Villas de Nuestra Señora de la Asunción entregando becas, pero ese evento fue aún “más privado”.
De pronto, llegó una camioneta negra y de ella bajó la mujer que lleva las riendas de México: Claudia Sheinbaum Pardo, acompañada por la gobernadora Tere Jiménez Esquivel. A las afueras de la unidad médica no había vallas infranqueables ni cordones de seguridad civil que alejaran al pueblo.
Los presentes eran pocos, pero reales: pacientes que minutos antes habían dejado las máquinas de diálisis, vecinos de la zona y ciudadanos que se enteraron de boca en boca que “Claudia” estaba en el barrio. Sin pancartas impresas en serie, las consignas brotaron de las gargantas con autenticidad: “¡Es un honor estar con Claudia hoy”.
La mandataria respondió a cada grito con una disposición que ha comenzado a definir su estilo personal de gobernar: amabilidad serena, sonrisas directas y paciencia pedagógica para escuchar reclamos cotidianos. Siguiendo de cerca cada gesto, como sombra técnica, se encontraba Epigmenio Ibarra.

Poco antes de la llegada de la presidenta, poca era la gente que la esperaba
Con el hombro cargando la cámara y la mirada fija en el visor, el documentalista registraba todo: el roce de manos, el intercambio de documentos, el gesto de la presidenta al hablar con la gente.
El momento más pintoresco ocurrió cuando algunos reporteros, atraídos por la figura del cineasta, dejaron de lado su oficio para colocarse en el rol de admiradores solicitando selfies a Ibarra, que el documentalista atendió con parquedad profesional.
Hubo personas que se acercaron a la presidenta para expresarle sus problemas y Sheinbaum Pardo pidió papel y pluma para anotar datos y nombres. La gobernadora Tere Jiménez estaba al lado de la presidenta, también sonriente, pero las solicitudes y saludos eran para Claudia.
En esas estaban todos, incluidos los reporteros, buscando que la mandataria dijera algo, cuando llegó al lugar sin pasar por retenes policiacos ni vallas como ocurrió el día que acudió al Congreso del Estado para el homenaje a Isabel Díaz Ayuso y al salir se llevó la abucheada de su vida.
Ese personaje fue César Medina Cervantes, presidente municipal de Jesús María, quien abordó a la presidenta para exponerle un problema añejo: la peligrosidad de la carretera federal 45 norte, específicamente en el tramo de Margaritas.
Resultó llamativo que el propio alcalde, al ser cuestionado, admitiera que la gobernadora ya había planteado formalmente este proyecto de infraestructura a la Federación. Aun así, Medina Cervantes no desaprovechó la oportunidad de entregar “su propio oficio”, un expediente con la numeralia de accidentes y tragedias acumuladas en los últimos tres años.
El gesto tuvo un tinte de oportunismo político; una búsqueda de relevancia en un evento que, por naturaleza, le era ajeno, intentando capitalizar una gestión que ya corre por los canales institucionales adecuados.
A pesar del intento de protagonismo del edil de Jesús María, la presidenta Sheinbaum no perdió la compostura ni el brillo de su trato. Con diplomacia refinada, recibió el documento y escuchó la explicación sobre cómo la división de la comunidad por las vías y la falta de retornos seguros ha costado vidas.
“Con mucho gusto lo vamos a revisar”, respondió ella, con brevedad que no deja lugar a falsas promesas pero que, en su suavidad, desarma cualquier pretensión de confrontación. Dentro de la clínica el aire era distinto. Ahí, la presidenta recorrió las máquinas que filtran la vida de los enfermos renales en un estado que lidera las estadísticas nacionales de esta patología.
La visita cerró como empezó: con discreción. Claudia Sheinbaum partió dejando la imagen de una jefa de Estado que camina cómoda entre la gente, que ignora las pretensiones de políticos de pequeña escala y que, aun en la visita más “privada”, permite que su investidura sea tocada por quienes sólo buscan una señal de esperanza en la calle.
El mensaje que dejó, sin decirlo con palabras, es que esta visita “privada” a Aguascalientes estuvo cargada de resiliencia para los enfermos renales y de humanismo hacia las personas.