Estaba en la “Lista Negra” y no Recibía Apoyo Alguno, Acusan
Por Benny Díaz

El sacerdote José María Álvarez Ortiz falleció en completo abandono, sin apoyo de ninguna especia, señalan fuentes
La muerte del sacerdote José María Álvarez Ortiz no solo dejó al descubierto una historia de enfermedad y soledad, sino también una cadena de abandono que, según señalamientos cercanos al caso, alcanzaría al obispo Juan Espinoza Jiménez, aparte del clero diocesano y a su propia familia.
El presbítero estaba incluido en la “lista negra” de sacerdotes castigados, fue marginado hasta quedar sin apoyo material, económico, pastoral ni familiar. Álvarez Ortiz formaba parte de un grupo de 20 o más sacerdotes apartados por disposición del obispo. De acuerdo con esos señalamientos, el prelado no sólo lo mantuvo castigado, sino que además impidió que se le brindara cualquier tipo de ayuda, aun cuando el sacerdote enfrentaba enfermedades crónicas, precariedad económica y un evidente deterioro personal.
El caso se vuelve más grave por el silencio de quienes pudieron intervenir. Según las mismas versiones, otros sacerdotes sabían de su condición, pero el aislamiento impuesto alrededor del llamado “padre Chema” lo volvió prácticamente invisible dentro de la diócesis. Su familia de origen también lo dejó a su suerte, mientras él vivía enfermo, sin recursos suficientes para medicamentos y refugiando perros callejeros en su casa.
Álvarez Ortiz padecía diabetes e hipertensión y, de acuerdo con los relatos conocidos tras su muerte, no contaba con dinero ni siquiera para atender adecuadamente sus padecimientos. En lugar de recibir acompañamiento de la institución a la que dedicó su vida, habría enfrentado una marginación sostenida que lo empujó a condiciones cercanas a la indigencia.
La falta de auxilio no fue un simple descuido, sino una omisión moral de alto impacto dentro de la Iglesia local. El sacerdote fue localizado sin vida la noche del pasado 2 de junio en su domicilio de la colonia Santa Elena, en Rincón de Romos, luego de que vecinos reportaron olores fétidos provenientes de la vivienda y varios días sin verlo.
El hallazgo evidenció el nivel de abandono en el que se encontraba: nadie preguntó por él a tiempo, nadie lo buscó y nadie pareció extrañarlo hasta que la descomposición del cuerpo alertó al vecindario. La respuesta institucional también abrió cuestionamientos. Mientras en otros fallecimientos de sacerdotes la diócesis suele emitir cartas de condolencia, informar dónde serán velados los restos y anunciar la hora de la misa de exequias, en este caso la comunicación se habría limitado a un obituario.
La misa de cuerpo presente fue realizada en la parroquia del Señor de las Angustias y presidida por el sacerdote Jorge Emmanuel Álvarez, sin la presencia del obispo ni de altos representantes diocesanos. El hallazgo ocurrió la noche del martes 2 de junio, cuando elementos de seguridad y cuerpos de auxilio ingresaron al inmueble ubicado en la calle Heroico Colegio Militar.
Autoridades ministeriales realizaron las diligencias correspondientes y trasladaron el cuerpo al Servicio Médico Forense para la necropsia de ley. Los primeros reportes indicaron que no se encontraron indicios iniciales de agresión, aunque la causa oficial de muerte quedó sujeta a los estudios periciales. La muerte del padre Chema obliga a mirar más allá del hecho policiaco.
Si los señalamientos se confirman, el caso exhibe una práctica de castigo, aislamiento y marginación dentro de la diócesis, con consecuencias humanas devastadoras. José María Álvarez Ortiz murió solo, pero su soledad no fue repentina: fue el resultado de una cadena de indiferencias que involucró a una institución religiosa, a sus compañeros de ministerio y a su propia familia.