“Un Presbiterio Dividido Debilita”, Advierte
Por Benny Díaz

Misa crismal celebrada por el obispo (Foto: Francisco Javier Sosa Ordoñez)
El obispo Juan Espinoza Jiménez ofició la misa crismal que se celebra cada año en Jueves Santo, en la cual se bendicen los santos óleos y se consagra el crisma, “la gracia invisible que el Señor derrama sobre la Iglesia”.
El purpurado se dirigió a los presbíteros reunidos en Catedral, donde les recordó que “Cristo es testigo fiel y nos ama, nos ha libertado con su sangre y nos ha hecho parte de su reino y sacerdotes de Dios Padre y somos sacerdotes del único Dios, porque Cristo es alfa y omega y nos dejó el ministerio de la comunión”.
Les recordó que en el Jueves Santo “renovamos la promesa del sacerdocio y no se trata de un rito, sino de volver al origen de la gracia recibida el día de la ordenación. Este año hay que redescubrir que es un encuentro vivo con él, transforma nuestra vida y el ministerio de Cristo. Somos ungidos para ungir a otros”.
Propuso tres valores: la autenticidad en la función sacerdotal, la comunión presbiteral y la fraternidad sacramental: “que no haya individualidades, sino fraternidad sacramental y no sacerdotes aislados, sino miembros del presbiterio unido con el obispo y comunión real, no en sentimiento superficial, sino en la realidad sacramental y hermanos en la misma misión.
“Cuidemos la comunión con actitudes concretas en corresponsabilidad eclesial, y no falte la amistad sincera y el apoyo mutuo. Que sea sincera la vida con caridad, el bien del hermano y hay que acompañarlo en las dificultades, porque un presbiterio dividido debilita; el testimonio unido y visible con Cristo es el Buen Pastor”.
El obispo recordó que la “unidad es una exigencia del Evangelio y una condición de credibilidad ministerial, comunión expresa de asistencia efectiva, participativa y comprometida con las reuniones que se hacen en decanatos, en la diócesis y con las dimensiones pastorales para trabajar junto a la pastoral que marca el V Plan Diocesano de Pastoral y hay que estar esforzándonos para no dañar con iniciativas paralelas, por muy buenas que parezcan; por eso caminemos juntos y en comunión”.
La fraternidad sacerdotal es necesaria y parte esencial del testimonio que va más allá de la estructura, advirtió, “y estamos llamados a vivir como verdaderos hermanos que acogen, escuchan, apoyan en las dificultades con capacidad de perdón en un mundo marcado por la soledad y hay que experimentar la cercanía como hermanos, que en nuestras casas los encuentros sean de confianza, sencillez, alegría evangélica, nos acompañemos en las luchas que sostengamos con oración y no caminemos solos, porque el servicio ministerial es haber sido ungidos para servir, no para ser servidos”.
El ministerio sacerdotal requiere entrega total y no desgastarse, subrayó, pues son quienes guían al pueblo de Dios: “Se necesitan sacerdotes que anuncien con valentía, que promuevan la fe, que acompañen con ternura en cada confesión, cada eucaristía, que haya palabra de consuelo y tener gesto de caridad, ser mediadores del encuentro vivo con Cristo y que nuestras manos ungidas no se cierren, sino que se abran para bendecir, consolar, levantar, porque la vida encuentra plenitud y convierte a los sacerdotes en reejo del buen pastor para sus ovejas”.
Finalmente, recordó que los laicos también deben participar en esta alegría y rezar por sus sacerdotes, “que es la manera de sostenerlos y mantenerlos con cercanía y cariño para la Iglesia que necesita pastores con el corazón abierto a Cristo y es tarea de todos, porque desde el momento en que somos bautizados somos hijos de Dios y con la confirmación se fortalece el espíritu y los sacerdotes, cuando realizan la unción de enfermos, consuelan y fortalecen a Cristo mismo que está tocando la vida del pueblo”.