Obispo Juan Espinoza Jiménez

Por Benny Díaz

Imagen relativa a la nota.

Juan Espinoza Jiménez (Foto: Francisco Javier Sosa Ordóñez)

El obispo Juan Espinoza Jiménez dedicó su homilía dominical a esos hombres y mujeres que optaron por la vida consagrada y que desde esa contemplación viven en oración por todos los seres humanos orando a Dios por el bien de aquellos que lo han olvidado, que sufren, que pasan pruebas difíciles y que requieren de que haya quienes eleven plegarias para mitigar todo es que les hace la vida más difícil.

“La contemplación tiene una dimensión profética, la vida consagrada es importante para pedir a Dios por esa realidad social que vive México actualmente que es violencia que desangra, comunidades donde hay desigualdad que hiere, corrupción que erosiona la confianza, libertades canceladas, mentiras presentadas como realidades, engaños, falsedades, indiferencia ante el que sufre.

“La oración de ustedes que están en la vida consagrada es una voz que no grita, pero sí incomoda, una presencia que no huye, permanece una luz que no encandila, que sí orienta al humilde, que brinda un servicio,  pero no presume y tampoco utiliza al pobre, pero sí lo dignifica y lo eleva.

“Ustedes son la opción radical del Evangelio en la sociedad, la vida humana es sagrada y la paz construye justicia y fraternidad. Dios no es una utopía, es amor más fuerte y ustedes pueden dar testimonio de denuncia silenciosa, el anuncio creíble de que puede existir otro México, en donde es posible tener a Cristo como el centro y eso hacen ustedes: obras de caridad, amor, educación y acompañamiento, por eso no dejen de hacerlo”.

Por todos estos hombres y mujeres que deciden ingresar a los conventos o servir en escuelas, hospitales, parroquias y trabajar en las periferias llevan un camino en donde se encuentran con el dolor humano visible, lo ven en cada rostro y por eso su oración y fidelidad a Cristo es constante y se mantiene en cercanía con los pobres y la vida consagrada es el pulso vital para el corazón de la Iglesia.

“Y no es casualidad que este domingo presida en esta Catedral la imagen del Cristo negro del encino, un Cristo marcado por el sufrimiento que tiene el color de la noche y del dolor humano, pero también la firmeza del encino, que no se quiebra ante la tormenta y Dios ha querido hacerse solidario con los pueblos heridos, los rostros olvidados, historias marcadas y la Iglesia es perseguida y hay sangre derramada de los mártires cuya presencia nos hace volver la mirada la Cristo crucificado y resucitado, dejarnos encontrar por él aun en la pobreza porque con él se aprende a amar sin condiciones, permanecer fieles aún en la oscuridad, a ser signo de esperanza cuando parece que todo se seca. Aunque los persigan, los calumnien, hablen mal de ustedes hay que hacer las obras correctas”.

Para finalizar, el purpurado manifestó que en las familias donde hay un sacerdote, una religiosa o algún integrante de la familia dedicado a la vida consagrada es porque “hubo fe, amor, también problemas, pero germinó la semilla de la vocación por los papás o los abuelitos que se la pasaron orando por las vocaciones y es una bendición ante los ojos de Dios aquellos que tienen un hijo sacerdote o una hija religiosa”.