Por Arlette Luévano Díaz

José Concepción Macías Candelas y José Claro Padilla
En Aguascalientes, donde el teatro persiste sin reflectores ni presupuestos amplios, Formación Actoral Al Trote cumple más de treinta años de existencia. Este septiembre se abre una nueva edición de su diplomado: un trayecto de formación profunda, lenta y consciente. Esta crónica nace a partir de una conversación sostenida este verano con José Claro Padilla y José Concepción Macías Candelas, en las instalaciones de Al Trote, ubicadas en Héroes de Chapultepec 217, en el Barrio del Encino.
El nombre del grupo, a menudo malinterpretado como una alusión a la prisa o a la carrera, tiene en realidad un origen preciso y revelador. Fue tomado de una imagen formulada por Jerzy Grotowski, teórico del llamado “teatro pobre”, quien describía un tipo de preparación física y mental que llamaba “el trote contemplativo”: un estado de alerta corporal en movimiento, sostenido por la concentración. Inspirado por esa forma de entrar en la ficción desde la acción contenida, el grupo adoptó el nombre como un homenaje y una declaración de principios. No se trataba de correr, sino de caminar hacia el fondo.
¿Quién fue Jerzy Grotowski?
Jerzy Grotowski, célebre director de teatro y teórico polaco, nacido en 1933 y fallecido en 1999, revolucionó la escena al proponer el “teatro pobre”: una forma escénica reducida a lo esencial: el actor y el público, resignificando el cuerpo, la voz y la presencia como única posibilidad de creación. En su teoría, el actor se convierte en paisaje, sonido, emoción pura.
Desde su obra, Towards a Poor Theatre (1968), plantea que el teatro no debe competir con el cine o la televisión, sino habitar otro territorio: el encuentro ritual y transformador. Su legado sigue vivo en escuelas que, como Al Trote, apuestan por la escena como camino interior.
Nacimiento Desde la Convicción
Corría 1993 cuando surgió una intuición: el teatro debía tener casa, nombre, reglas, un significado. Así, sin alumnos todavía, se fueron dando los estatutos y los fundamentos del proyecto. El 1° de febrero de 1994, a las 20:00 horas, se encontraron los “doce apóstoles” fundadores: alumnos de la Casa de la Cultura, colegas, curiosos. El sindicato prestó una sala. Sin escenografía, sin público masivo, solo el deseo de existir.
“No queríamos un grupo más. Queríamos un cimiento, una identidad, una comunidad”, recuerda el director.
La Casa del Teatro: un Espacio Propio
Tras años de deambular por distintos espacios, como Álvaro Obregón y El Cedazo, desde 2010, Al Trote tiene sede en Héroes de Chapultepec 217, en el Barrio del Encino. No es una sala improvisada ni un local adaptado: es un espacio edificado desde el deseo de permanencia. Cuenta con un escenario íntimo para 36 personas, camerinos, un foro exterior para 60 asistentes, baños, área de vestuario y cabina de iluminación. Todo ha sido levantado con esfuerzo colectivo, sin apoyos institucionales estables, pero con una vocación tan sólida como las columnas que sostienen el lugar.

En las instalaciones de Al Trote, en Héroes de Chapultepec 217, Barrio del Encino
Allí no sólo se imparten clases: se ensaya, se presenta, se escucha, se escribe. Es un espacio vivo, que sigue creciendo. “Todavía está en transformación. Seguimos haciendo adecuaciones para que sea más habitable, más escénico, más nuestro”, dice el director. No es un centro cultural convencional. Es una escuela, una compañía, una familia. Y su foro, lejos de buscar el espectáculo masivo, se piensa como un espacio íntimo de encuentro entre actor y espectador. “Cuando rentas, trabajas para el rentero. Aquí trabajamos para el proyecto”, reflexiona el maestro.
Ese lugar no solo ofrece proyección: da estabilidad cuando lo demás flaquea.
Diplomado: la Formación Firme
Este septiembre arranca la séptima edición del Diplomado en Actuación Teatral. Su estructura es progresiva y rigurosa: Diplomado I, II, III, y un cuarto nivel que desemboca en una cartelera de permanencia. Esta última etapa funciona como una tesis viva: montaje bajo dirección, presentación pública, convivencia con el público, vínculo con la comunidad.
No se trata de acumular horas, sino de crecer como actor-persona. De pulir la voz y el cuerpo como herramientas expresivas, sin descuidar la conciencia crítica ni la apertura emocional. Las generaciones son pequeñas, porque el acompañamiento es real: algunas veces, solo tres alumnos. Cada uno recibe el seguimiento que merece. Hay tiempo para mirar de cerca, para corregir sin prisa, para sostener el proceso hasta que brote algo verdadero.
Quienes deseen incorporarse pueden acercarse al espacio, asistir a una clase abierta o solicitar informes directamente. El teatro también se forma por el boca a boca, por la confianza que inspiran quienes lo habitan.
“Antes del Actor Está la Persona”
La pedagogía de Al Trote no idolatra al escenario ni al ego. Su brújula es otra: el teatro como un camino interior. Aquí se forma al actor desde la escucha, la disciplina y la conciencia de sí. El arte escénico no es visto como espectáculo, sino como espejo.
“Si no te descubres actor –dice el maestro–, que al menos te descubras como persona que respeta, que escucha. A veces eso es más urgente.”
Esta filosofía ha sembrado generaciones: egresados que hoy integran compañías, imparten clases, escriben, investigan, crean. Entre ellos, su propio hijo, Carlos Padilla, académico e investigador teatral, autor del libro Rupturas y continuidades del teatro en Aguascalientes, resultado de su tesis doctoral. En sus páginas se traza una genealogía que da cuenta del impacto de Al Trote en la escena local: un teatro que no teme la raíz, pero que se reinventa.
El legado no se mide solo en aplausos, sino en transformaciones íntimas. “El teatro puede cambiar la vida –afirma–, porque no forma solo intérpretes, sino exploradores: gente que se atreve a mirar más allá de sí misma”.
El Casting Como Acompañamiento
El ingreso al diplomado se abre desde los catorce años, sin límite de edad ni de posibilidades. Han cruzado su umbral adolescentes en búsqueda, profesionistas en tránsito, religiosas italianas deseosas de habitar otro idioma corporal, adultos mayores que desean reencontrarse con su voz. La diversidad no es obstáculo, sino motor.
El proceso de selección no responde al esquema tradicional. Aquí no se filtra: se escucha. El casting se entiende como un primer encuentro, una lectura sensible de lo que cada cuerpo y cada voz revelan.
“No estamos buscando talentos inmediatos –dice el director–, sino procesos. Queremos saber cómo acompañar, no qué podemos exigir. Nuestro interés no está en lo que se muestra, sino en lo que se intuye”.
Más que medir, se procura comprender. Porque, en Al Trote, el inicio de la formación no es un filtro: es una promesa de cuidado.
Para más informes y detalles sobre el proceso de admisión, se puede escribir al correo: joseclaropadillabeltran@gmail.com, o consultar las redes sociales de Formación Actoral Al Trote, donde se comparte regularmente la información del diplomado, presentaciones y convocatorias.
Siembra Continua, no Saturación
Las clases ocupan cuatro horas y media semanales (lunes, martes y miércoles por la tarde), dejando espacio suficiente para que el actor explore, observe y respire. No se trata de exprimir el talento, sino de permitir que germine.
La planta docente está integrada por tres artistas de larga trayectoria: José Claro Padilla, fundador de Al Trote y formador de generaciones; José Concepción Macías Candelas, actor, director y pedagogo con formación académica sólida y visión contemporánea del oficio; y Martín Murguía, actor de escena con un enfoque sensible, orgánico y riguroso del entrenamiento actoral. Cada uno aporta su mirada y su energía para construir un proceso plural, pero coherente.
Desde el inicio, los estudiantes comparten escena con actores profesionales. Es un aprendizaje por contagio: no solo se enseña, se transmite. Se forma viendo actuar, escuchando al otro, reconociendo el pulso colectivo de una escena en construcción.
El diplomado no es un curso aislado, sino parte de un tejido: una comunidad artística en movimiento.
Teatro Frente al Mundo Digital
En tiempos de pantallas y narrativas fugaces, muchos se preguntan qué sentido tiene aún formarse durante meses en un diplomado teatral. Al Trote responde con práctica: el teatro sigue siendo un espacio para reconectar con el cuerpo, con el otro y con la experiencia directa.
Durante la pandemia, el diplomado migró temporalmente a la virtualidad. “Yo pensé que íbamos a cerrar –cuenta José Claro Padilla–. Pero seguimos trabajando en línea. A la necesidad, tuvimos que desarrollar ejercicios de actuación en línea para los compañeros.” Aunque no fue lo ideal, los ejercicios mantuvieron su esencia: exploración, escucha, presencia.
“El teatro te da también herramientas para que tú mismo tengas tus propios recursos y que lo corrobores con un público. El público es el que te dice: si te hace sentir, vas; si no te hace sentir, no vas. Simplemente se siente”.
Y no se trata solo de formar actores. La experiencia escénica también nutre a quienes no subirán a un escenario: docentes, profesionistas, jóvenes que buscan nuevas formas de expresarse o de habitar su voz. “También para eso sirve el teatro”, dice el maestro. Porque lo que se cultiva aquí –paciencia, claridad, contacto– no se archiva en un video ni se mide por vistas: permanece en la forma en que alguien se presenta ante los demás.
Una Escena que Dejó Huella
Cuando le pido al director que comparta alguna anécdota significativa, José Claro Padilla recuerda una función en una escuela primaria. Una de sus alumnas subió al escenario con total entrega, sin mencionar que al día siguiente sería sometida a un procedimiento médico delicado, derivado de una pérdida importante. Su pareja, presente también, guardó el mismo silencio. “Yo pensé que me odiaba, pero no era por ahí”, confiesa el director. El silencio fue su forma de respeto.
Con el tiempo, entendieron que lo que se vivió aquella noche fue un gesto de confianza profunda. No hubo reclamos, sino aprendizaje. “No trato de que sean malas personas, sino buenas personas”, dice el maestro, reconociendo que esa experiencia los unió más como grupo.
Aquel gesto íntimo lo llevó a pensar en algo más grande: en la terquedad con que su grupo ha caminado durante décadas, en los vínculos sembrados sin alarde, en las compañías que han surgido, en los hijos y alumnos que ahora también enseñan. En esa escena, como en tantas otras, se revela lo que el teatro puede dejar a una ciudad. Una forma de resistir sin espectáculo, de hacer política desde la creación: “Algo sembramos”, repite.
Rumbo al Futuro: Crecer sin Perder la Raíz
Formación Actoral Al Trote no busca convertirse en universidad ni vender constancias. Lo suyo es formar actores y actrices con conciencia, cuerpo y mirada larga. Lo que se ofrece no es un simple papel, sino un proceso: en la escena, en la voz, en la vida. “Aquí hemos recibido a personas que llegan por curiosidad, por necesidad o incluso por timidez, y que al final descubren otra forma de estar en el mundo”, dice el director.
A quienes se acercan, se les invita no solo a estudiar, sino a sumarse a un gesto colectivo que resiste. El foro mantiene sus luces encendidas; las clases, su latido.
A pesar de que las políticas culturales suelen dejar a los creadores sin cobijo, ciertos espacios se han convertido en faros construidos a pulso. Al Trote no ha esperado a que llegue el reconocimiento: ha edificado escena, pensamiento y comunidad con recursos propios y trabajo independiente. No se trata solo de mantenerse, sino de abrir camino para quienes vendrán.