La Brutal Receta China Contra el Coronavirus

Por Adrían Foncillas

La ciudad de Wuhan, en China (Foto: Archivo/Xinhua)

La ciudad de Wuhan, en China (Foto: Archivo/Xinhua)

La cuestionada mano dura del gobierno chino le está ganando la batalla al coronavirus. Las medidas para reducir los contagios han ido más allá del cierre de escuelas y comercios. Se cancelaron actos deportivos y políticos, y el sector del ocio ha sido aniquilado. La población sólo sale de casa para lo indispensable. En algunas urbes, incluso, las familias eligen a un miembro para salir a comprar lo indispensable cada tres días. Si bien China aún tiene 90 por ciento de los casos globales, comienza a reportar menos contagios que el resto del mundo.

Beijing, China (apro). – Él describe como “brutales, fascinantes y excitantes” las sensaciones de aquel furtivo y nocturno paseo. Apenas fueron unos minutos y no se alejó más de una veintena de metros de su casa, pero era la primera vez que pisaba la calle en más de una semana.

El español Javier Telletxea visitaba a la familia de su esposa durante las vacaciones de Año Nuevo cuando quedó atrapado en la mayor cuarentena de la historia: 60 millones de personas de la provincia china de Hubei han sido inmovilizadas para detener la epidemia del coronavirus.

Sobre China cayeron los clichés habituales y el escepticismo que padecen los pioneros. La cuarentena fue desdeñada como contraria a los derechos humanos, ineficaz, en el mejor de los casos, y contraproducente en el peor.

La evolución de la epidemia ha cambiado dicho juicio. China concentra aún 90 por ciento de los 90 mil casos globales, pero en las dos últimas semanas registra menos contagios que el resto del mundo.

Beijing ha embridado su expansión mientras otros gobiernos afrontan una amenaza creciente. La fórmula china ya no es un anatema para países más respetuosos con las libertades individuales.

“Buen Trabajo”

El vertiginoso descenso de los contagios en China había generado incredulidad. Un reciente informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) la ha finiquitado: las cifras oficiales “son reales”.

El informe, publicado después de que 13 expertos internacionales fueran invitados por Beijing a estudiar la epidemia sobre el terreno, tiene tintes panegíricos.

“La audaz estrategia china para contener la expansión de este nuevo patógeno ha cambiado el curso de una epidemia mortal y que se agravaba rápidamente. China ha ejecutado probablemente el esfuerzo de contención de enfermedad más ágil, agresivo y ambicioso de la historia”, reporta.

El 10 de febrero, cuando llegaron los expertos, China reportó 2 mil 478 nuevos casos. Dos semanas después, cuando se marcharon, apenas 409 reportes.

En los últimos días han caído a 121 y sólo seis de ellos se registraron fuera de Hubei. Son los generados dos semanas atrás porque la curva epidemiológica se ve con retraso, por lo que la cifra actual es probablemente mucho más baja.

Mientras, el virus se ha extendido ya en más de 100 países, algunos con cuadros tan inquietantes como en Italia, Irán o Corea del Sur.

La situación sería mucho más grave si China no hubiera comprado tiempo al mundo con su cuarentena.

Gerardo Chowell, profesor de epidemiología y bioestadística de la Universidad del estado de Georgia, comparte las conclusiones de la OMS.

“Han hecho un buen trabajo. Consiguieron contener la propagación muy rápido y esa es una buena noticia para China y para el mundo porque ya no están exportando contagios. Es necesario que entren varios casos en un país para desatar una epidemia, no basta con uno o dos”, señala por teléfono.

El corolario del éxito es que el mundo cerraba sus puertas a los chinos semanas atrás y ahora es China la que se blinda contra ciudadanos de países incapaces de contener el virus.

El centro de Chowell ha aplicado fórmulas matemáticas para prever en tiempo real el desarrollo de la epidemia.

Responde a un comportamiento clásico: creció desde mediados de diciembre hasta alcanzar la saturación de la curva a principios de enero y empezó entonces la caída.

El cambio de tendencia es el resultado de las draconianas medidas chinas. Es posible que suba de nuevo en otoño y que sobrevivan algunos brotes aislados hasta el próximo invierno, pero podrán contenerse con ciertas precauciones.

El académico mexicano alude a los efectos colaterales adversos de la cuarentena: el cerrojo de la provincia saturó los servicios sanitarios, muchos médicos se infectaron y algunos enfermos, tanto de coronavirus como de otras dolencias, no pudieran ser tratados con eficacia.

La tasa de mortalidad en Hubei, de 4 por ciento, excede a la nacional. El contexto, explica, empuja a la comprensión: “te enfrentas a un virus nuevo que está matando a gente y se extiende rápidamente, careces de vacunas y de tratamiento, hay mucha incertidumbre…”.

La lucha contra el coronavirus devuelve el manoseado debate sobre la cuarentena y los derechos civiles. Es un campo volátil donde combaten la moral y las urgencias médicas, el individuo y el grupo, la disciplina china y japonesa con la sublimación estadunidense de la libertad.

Todos los ordenamientos jurídicos contemplan restricciones a los derechos individuales en nombre de la salud pública. El debate se centra en fijar la frontera y ningún país es más celoso que Estados Unidos.

Ocurrió en 2014 durante la epidemia del ébola: la enfermera Kaci Hickox aterrizó en Estados Unidos después de tratar a enfermos en Sierra Leona y fue sometida por las autoridades locales a una cuarentena de 21 días pese a no mostrar síntomas.

La enfermera impugnó y la justicia le devolvió la libertad. Pero muchos de los contagiados del coronavirus son asintomáticos, su detección no es tan sencilla y muchos países tendrían reparos en inmovilizar a personas aparentemente sanas.

Esos debates no existen en China. Los videos de manifestaciones en Italia contra las cuarentenas han dejado a los chinos estupefactos y preguntándose por los límites de su irresponsabilidad.

Ahora se discute si la fórmula china es replicable. Es difícil que converjan los elementos que la han posibilitado en China: un gobierno autoritario, un engrasado sistema de control social y, sobre todo, un pueblo de raíz confuciana que prioriza el bien común frente al interés individual.

Es esa concepción social solidaria la que explica el cumplimiento de las desquiciantes cuarentenas y no el perfil dictatorial de su gobierno. Lo explicaba Bruce Aylward, médico de la OMS, tras su periplo en China.

“Los periodistas dicen que los chinos actúan así por miedo a su gobierno, como si fuera un régimen diabólico que echa fuego por la boca y come niños. Pero están movilizados como en una guerra y es el miedo al virus lo que los impulsa. Se ven a sí mismos como los luchadores en el frente para proteger a China y al mundo”, dijo en The New York Times.

Anunciada por el gobierno, los chinos se sumaron a la “guerra popular” con la determinación del que afronta un reto histórico. Esas cíclicas movilizaciones sociales sirven tanto para las calamidades, la Revolución Cultural y para superar los desastres naturales o defenderse de un virus, pero siempre exigen un compromiso personal y estigmatizan a los tibios.

China ha cerrado escuelas y comercios, cancelado actos deportivos y políticos; el sector del ocio ha sido aniquilado y la población sólo sale de casa para lo indispensable.

En Chongqing, la macrourbe del interior, las familias eligen a un miembro para que compre lo esencial cada tres días. En Tianjin, la ciudad costera a la sombra de Beijing, la población escanea un código QR con sus celulares para registrar sus movimientos.

Tecnología

Ninguna medida ha sido más audaz que el draconiano cerrojo de Hubei, el epicentro de la epidemia.

Javier Telletxea ha mostrado en su canal de YouTube, Jabiertzo, cómo evolucionó la cuarentena en Dang­yang, una zona de 100 mil habitantes. La medida fue aprobada el pasado 25 de enero, un día después de Wuhan, la capital provincial situada a 300 kilómetros.

Cerraron las carreteras de acceso y los puentes, colocaron puntos de control en el pueblo donde exigían el nombre y dirección, levantaron barreras metálicas en las calles y, al fin, impusieron la reclusión domiciliaria sin derecho a visitas.

Ahí sigue un mes y medio después, sin más lamentos que el tedio invencible y agradeciendo la relajación del encierro: ahora sale unos 20 minutos cada tres días.

Sólo uno de los 61 contagiados sigue en el hospital y no ha habido infecciones en los últimos 10 días. Si alcanzan los 14 días, será levantado el código rojo en Dangyang.

“No nos ha faltado de nada. Nos dijeron que llamáramos al supermercado y que ellos nos traerían la comida. También nos envían las mascarillas desde la farmacia.

“No ha habido conflictos, todo el mundo se ayuda mutuamente. Incluso, el gobierno ha comprado las verduras a los agricultores locales que no podían venderlas y las ha regalado a la población. Nos llegan a casa bolsas de 10 kilos. Nos hemos sentido muy apoyados por las autoridades. Sólo pasamos algo de miedo al principio. Después comprendimos que, si seguíamos las instrucciones, todo iría bien”, relata por teléfono.

A la tradición confuciana se han sumado las nuevas tecnologías en la guerra contra el coronavirus. La distopía orwelliana es imprescindible para fiscalizar los movimientos de centenares de millones de personas.

No es fácil, pero a Beijing le sobra experiencia y lidera sectores tecnológicos, como los drones, la inteligencia artificial o el big data.

China cuenta con 350 millones de cámaras, una por cada cuatro habitantes. Ocho de las 10 ciudades con más cámaras del mundo son chinas, y Wuhan, el epicentro de la epidemia, es la octava. Ese arsenal está en el escaparate estos días.

El sector privado respondió con entusiasmo a la llamada de auxilio del Ministerio de Ciencia y Tecnología.

La compañía SenseTime, una de las startups más valoradas del mundo, ha resuelto el problema que las obligatorias mascarillas suponían en los albores de la epidemia para la identificación: sus algoritmos ahora sólo necesitan los ojos y la parte superior de la nariz.

Las cámaras de la empresa Zhejiang Dahua cuentan con dispositivos infrarrojos que miden la temperatura de los transeúntes con un margen de error de apenas 0.3 grados.

En Beijing ya se prueban cámaras que pueden identificar hasta 15 personas por segundo a una distancia de cinco metros del dispositivo. Si la cámara detecta una temperatura anormal, envía un aviso a las autoridades para que practiquen una segunda lectura.

El uso generalizado del teléfono para cualquier pago, desde el restaurante al taxi, ha permitido durante años que el gobierno trazara los pasos de su población.

Ahora también le sirve al ciudadano para que, introduciendo su número de identidad en las aplicaciones de Wechat o Alipay, conozcan si han estado en lugares sensibles o si se han cruzado con contagiados.

El sistema devuelve un sello: si es verde, puede moverse con libertad en transportes públicos y edificios; si es amarillo, ha estado en una zona de riesgo relativo y necesita una cuarentena de una semana; y si es rojo, la zona era de alto riesgo y se le exige una cuarentena de 14 días. Las restricciones son supervisadas con celo por los funcionarios y comités vecinales.

El gobierno satisfizo durante décadas su obsesión por el control y la seguridad con métodos pedestres, pero el desarrollo tecnológico ha disparado su sofisticación.

Nunca han debatido los chinos los límites entre la seguridad y la privacidad: son formas diferentes de entender al individuo y la sociedad, al progreso y el poder. La alianza ha quedado fortalecida tras compartir la trinchera contra el coronavirus.

La victoria china contra el coronavirus plantea cuestiones peliagudas a los gobiernos que ahora lidian con contagios crecientes.

El escenario permite lecturas opuestas, según Chowell: por un lado, 10% de la población mundial habrá sido infectada en diciembre, según sus cálculos más conservadores.

Por el otro, bastarán medidas menos lesivas, como el cierre de escuelas o la cancelación de eventos masivos para que el número de contagios se reduzca a la quinta parte en tres o cuatro semanas. El problema, subraya, radica en los gobiernos más perezosos.

“No sabemos si tenemos la información suficiente en México, si se le practican pruebas a los que tienen síntomas, ni siquiera si hay un rastreo de los contagios locales. Hay muchas distracciones políticas y, teniendo en cuenta la gravedad del virus, se podría hacer más para preparar al país”, alerta.

Publicado en: Página 24

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