Loteria Nacional App IMSS Trato Digno Loteria Nacional IMSS Trato Digno 2 Loteria Nacional IMSS Trato Digno 3 Loteria Nacional Loteria Nacional

Por Benny Díaz

Catalina víctima de violencia y oportunidades por falta de estudios

Catalina víctima de violencia y oportunidades por falta de estudios

Su nombre es Catalina, tiene 25 años y madre de dos hijos: El mayor 12 años y el otro siete; dos embarazos más no logrados debido a los golpes recibidos a manos del hombre con quien vive en unión libre y con quien continúa junta ante la falta de oportunidades: ella solo estudió la primaria.

Su historia es realmente aterradora, tiene miedo, pero se atreve a hablar “porque necesito desahogar lo que llevo dentro”, dice mientras llora.

Sólo acepta que se le tome una foto, y de espaldas, porque tiene terror a que su verdugo la vea y se desquite con lo que más quiere: su hijos.

A los 12 años conoció al que ahora es su concubino, se llama Gerardo y también tiene 24 años, no tiene trabajo, es adicto al alcohol, la pornografía y el internet.

“Los dos íbamos a la secundaria y me sentí identificada con él porque era muy cariñoso conmigo. En ese tiempo me sentía muy sola, porque mis padres estaban separados. Mi papá se fue al ‘norte’ y se olvidó de nosotros, a veces mandaba dinero pero luego nos dimos cuenta que allá tenía otras mujeres. Mi mamá se tuvo que meter a trabajar para mantenernos y mis hermanos y yo (ella es tercera de cuatro hijos) pasábamos el día solos”.

Fue así como Gerardo se fue ganando su confianza, además de la escuela se veían en la calle porque eran vecinos, sus casas están juntas y se conocían desde niños.

“Antes de cumplir los 13 salí embarazada de mi primer hijo. A mí me dio mucho gusto y a Gerardo también, pero mis papás se pelearon muy fuerte por eso y me sentí muy culpable. Mi padre acusó a mi mamá de no haberme cuidado y ella le reclamaba su proceder por dejarla sola. No sabía qué hacer, yo quería ser feliz, salir de esos pleitos y soñaba con tener una casa con Gerardo, mi hijo y yo”.

A pesar de todo contó con el apoyo incondicional de su mamá, quien la cuidó durante todo el embarazo por ser de alto riesgo. “Era una niña y me decían que podría morir en el parto o el niño podría salir con deformaciones. Lloraba mucho porque me alejaron de Gerardo, pero nos dábamos nuestras ‘mañas’ para vernos a través de la barda que separa nuestras casas”, ahí en el corazón de la colonia Rodolfo Landeros.

Nació su hijo y coincidió con el regreso de su padre de Estados Unidos: “Entonces Gerardo y su papá fueron a hablar con él para que pudiéramos vivir juntos. MI mamá se oponía, pero mi padre aceptó y ahí empezó mi calvario”, vuelve a llorar.

La llevó a vivir a la casa de su mamá, les prestaron un cuartito donde sólo tenían la cama y un ropero. Su suegra no le hizo buena cara y cada vez que bajaba a cocinar se molestaba porque  ensuciaba trastes, gastaba el gas, agarraba comida, por todo.

Cuando llegaba Gerardo de trabajar, de albañil igual que su padre, “su mamá le decía que yo era una floja que no le ayudaba en nada, que no lavaba la ropa del niño y él me golpeaba hasta que se cansaba”.

Pasaron dos años y con la ayuda de su mamá y abuelita entró a Mujer Contemporánea con todo y su hijo. Estuvo un mes y conoció a una joven que también estaba por las mismas con su novio, “ella me decía que nos saliéramos del refugio y nos fuéramos a Ciudad Juárez a trabajar, si me daban ganas porque me decía que allá se gana bien, pero mi mamá se opuso rotundamente y me amenazó con quitarme al niño y como yo tenía 15 años lo podía hacer fácilmente”.

Cuando salió se fue a vivir con sus padres, comenzó a trabajar en una cocina económica “porque con el embarazo ya no pude continuar estudiando, ni la secundaria terminé”, ahí estuvo unos meses y comenzó otra vez el “cortejo” y las promesas vanas de Gerardo para que volvieran.

“Al principio no quería volver; sí sentía cariño por él pero me dolían más los golpes que me daba”.

Luego Gerardo se fue un año a Estados Unidos para “juntar dinero y casarnos, me prometió una boda muy bonita”.

Sin embargo a su regreso ni boda, ni dinero. Volvió con el vicio del alcohol y con una fijación por la pornografía. “Luego me enteré que allá tuvo varias mujeres, una de ellas lo mantenía porque en realidad no trabajaba”.

Catalina volvió a caer: “Me sentía sola y cansada de luchar, en mi casa los problemas seguían entre mis padres eran reclamos por todo, hubo momentos en que se creían más los padres de mi niño y hasta llegué a pensar que me lo iban a quitar”.

Regresó al cuarto de la casa de su suegra y las cosas fueron de mal en peor. Gerardo dejó de trabajar, se volvió cada vez más borracho y “solo de vez en cuando hacía ‘parches’ en alguna casa por lo que le pagaban muy poco y si no fuera por su papá que se lo lleva a sus trabajos como chalán no tendríamos ni para comer”.

Los golpes se incrementaron, pero ahora no sólo a ella sino también a su pequeño hijo.

“Eran golpes y varias veces llegó a ahorcarme con las manos hasta que casi perdía el conocimiento; luego me obligaba a tener relaciones sexuales”, recuerdo con un llanto incontenible.

De esa manera quedó embarazada de su segundo hijo. “Cuando él lo supo se puso muy contento y me ‘exigió’ que fuera niña, yo estaba feliz pero también con miedo, le pedía a Dios que me mandara una nena”.

Durante los primeros meses del embarazo la violencia cesó, pero un día, a los cinco meses de gestación, le hicieron una ecografía y les dijeron que  era un niño estando él presente.

“Se enojó muchísimo, me golpeó el estómago, me pateó y no pude levantarme en varios días. No quise decirle a mi mamá porque sabía que se enojaría”.

Las borracheras de su concubino fueron más frecuentes, los golpes y las violaciones también a pesar del embarazo.

“No trabajaba y no había para comer, pasaba días enteros sin probar nada de alimento, sólo agua. Me dio anemia y varias veces me tuvieron que internar. Tuve amenazas de aborto y entonces mi familia se dio cuenta. Se pelearon con él pero para mí era peor, porque luego sus desquites eran de ahorcarme ya no con las manos, sino con cuerdas, sábanas, bufandas o lo que hubiera cerca”.

Nació su segundo hijo y al mes recibió la golpiza más dolorosa porque el bebé no dejaba de llorar, tuvo que volver al hospital.

Ante eso el médico le aconsejó levantar una denuncia, pero Catalina no lo hizo por miedo, ya que su hijo mayor estaba con su verdugo.

Al regresar la historia continuó: golpes, falsos arrepentimientos, perdones, denuncias, más perdones y un círculo del que cada vez era más complicado salir.

En ese intervalo de tiempo se volvió a embarazar dos veces y por los golpes perdió a los niños, sí eran varones.

Sus padres terminaron por divorciarse porque tampoco podían seguir juntos, sus hermanos también hicieron su vida y se alejaron lo más que pudieron del entorno familiar.

Hoy Catalina sigue al lado de Gerardo, “ya no hay amor, ni cariño, nada, pero mis hijos necesitan estudiar. Nos salimos de con mi suegra porque al divorciarse mis papás se ‘dividieron’ la casa y en la parte que corresponde a mi papá vivimos nosotros. Trabajo haciendo el quehacer en varias en varias casas y así me mantengo ocupada y solo veo a mis hijos; él a veces llega y otras no, a dormir, pero al menos aporta el dinero para los niños. Por eso seguimos juntos, lo demás ya no importa, los golpes son menos, porque somos como dos extraños, ahora lo que me importa son mis hijos”.