“Tiene Ocho Años en el Cereso y no le Dictan Sentencia”
Por Benny Díaz

Gustavo es padre de una de las víctimas de tortura, está enfermo y busca justicia
Su cara tostada por el sol muestra cansancio, coraje, desesperación, enfermedad y desaliento. Está enfermo de los riñones y es dializado, es la única manera que tiene para continuar luchando por ver en libertad a su hijo; una de las tantas víctimas de Felipe de Jesús Muñoz Vázquez en Aguascalientes.
Al principio estuvo renuente a hablar, pero es tanto el peso que lleva cargando que primero pidió contar su historia sin decir su nombre y menos ser fotografiado, luego, al escuchar a sus compañeros de lucha aceptó, pero salvaguardando la identidad de su hijo “porque temo que tomen represalias”.
La historia que cambió la vida de toda su familia fue en el 2010, cuando una tarde su hijo se dirigió a un domicilio a cobrar un dinero y a entregar un vehículo de procedencia americana a un cliente.
“Él y yo nos dedicamos a eso, a la regularización de vehículos americanos, ayudamos a plaquear y por eso viajamos constantemente a Laredo, que es donde empezamos a hacer todos los trámites y corroboramos que los automóviles estén en regla en Estados Unidos para que puedan ingresar a territorio nacional, si no es así, sencillamente no hacemos nada”.
El domicilio al que se dirigió su hijo está por la salida a San Luis, sin imaginar que en un operativo lo detuvieron y sin saber por qué, lo llevaron a la Ministerial en donde comenzó, como en todos los casos, su calvario y el relato es casi idéntico al que nos han contado otras víctimas.
“Mi hijo estaba joven y por eso aguantó tanto chingadazo, le ponían una bolsa en la cabeza para asfixiarlo, le hacían beber agua y le daban toques en los testículos. Así aguantó por muchos días, pero le decían que si no firmaba iban por nosotros”.
Gustavo, que sólo aceptó decir su nombre, dice que al final su vástago se rindió y firmó una “declaración” de algo que no hizo y tampoco sabía ni de qué o por qué se le estaba acusando.
Al final, lo llevaron al Cereso en donde al leerle su “declaración” se enteró que estaba acusado por secuestro y delincuencia organizada. A ocho años de esa detención, que asegura Gustavo fue totalmente arbitraria, su hijo sigue preso y sin dictarle sentencia.
“Tiene a su esposa y sus hijos acá afuera, una vida destrozada porque desde ahí no puede hacer nada y somos gente de bien, mientras la gente mala anda como si nada afuera, porque aunque cometan delitos se ‘mochan’ con un billete y no pasa nada”.
No comprende por qué el retraso de la “justicia” para su hijo, porque ni le dictan sentencia, ni lo dejan en libertad, ni nada. Es como si el tiempo y el caso estuvieran estancados. “Hay un abogado que se apellida Pacheco, que es el que se anda moviendo y ya le ‘tumbó’ los dos delitos: secuestro y delincuencia organizada, pero mi hijo sigue en el Cereso y nadie me dice el por qué”.
Para Gustavo, su hijo ya pagó por algo que no cometió y los que se encargan de impartir justicia, para él, quién sabe qué hacen; porque en su caso nada más no llega.
“Me da coraje que ese señor que se cree todopoderoso (Felipe de Jesús Muñoz Vázquez) está en México como si nada, agarrando millones, cuando él es el delincuente, no nosotros”.
Gustavo por dedicarse a la regularización de automóviles no cuenta con seguridad social, ni ninguna otra prestación. Vive al día y con la enfermedad que tiene, no le alcanza para tanto, por eso decidió unirse al movimiento de tortura y pese a que debe tener muchos cuidos con su enfermedad y acudir regularmente a citas médicas, asegura que no se dará por vencido hasta ver a su hijo en libertad y “a su verdugo que pague por todo lo que nos hizo, porque no sólo destrozó la vida de una persona, sino la de toda mi familia”.







