La Realidad de la Caravana de los Sueños: una Nochebuena Lejos de Casa

Pasar la Nochebuena lejos de casa suele ser doloroso. Probablemente así lo sientan el medio centenar de migrantes procedentes de El Salvador, Honduras y Guatemala que forman parte de una de las caravanas procedentes de Centroamérica en octubre, y que han pasado esta noche tan especial en un albergue de la capital mexicana.

El frío se impone fuera del albergue. De hecho, apenas un par de horas antes se alcanzaban los 9 grados en una ciudad cuyos termómetros suelen superar los 20. Pero dentro de él, humean ollas enormes con un pollo de 4 kilos y un pavo de 7.

Todos cooperan, pocos sonríen

Unas mujeres trabajan sin parar, cortando tomate, cebolla y col. Mientras que el pollo se cocina bien, el pavo lo hace lentamente. Los hombres barren, lavan los platos y acomodan las mesas. Voluntad mucha, pero risas pocas. Nadie está especialmente alegre, dadas las circunstancias.

Raúl y Eugenio son dos veteranos de movimientos de izquierda con más de sesenta años, que se disponen a dar un concierto en el albergue, que tiempo atrás fuera un centro cultural. Interpretan sus propias canciones y el público lo agradece entusiasmado con un aplauso.

Eugenio se emociona, y saca su violín para tocar “Noche de Paz”. El villancico resuena en el lugar hasta que es interrumpido por un tema de reguetón. Vicky, un transexual de 18 años que viene de Honduras había conectado su móvil a un altavoz, de forma que durante dos minutos sonó su tema favorito. Después le obligarían a bajar el volumen, pero antes, todos moverían las caderas al ritmo de este son.

Las personas que se encuentran allí salieron en octubre de El Salvador, pasaron por Guatemala, cruzaron la frontera, ingresaron en México y llegaron a la capital a piel y haciendo autoestop. Forman parte de un grupo que tomó la decisión de parar un poco para curarse las heridas, tomar algo caliente y terminar con los parásitos del estómago mientras ven cómo siguen las cosas en ciudades transfronterizas.

El “peligro” de un tapicero que compite por los dulces de la piñata

Un salvadoreño de 32 años llamado Eduardo apenas levanta los ojos del plato, y no para de dar vueltas al tenedor para dibujar con la salsa. Las cosas que lleva puestas han sido regalos que ha recibido en los últimos días, y que agradece con emoción: un pantalón de boda, unas deportivas verdes, una camiseta, una gorra de béisbol y un abrigo con varias tallas de más pero que lo protege del frío.

Salió de su casa el 31 de octubre, momento en el cual Donald Trump advertía en un tuit que personas como él (que es tapicero de profesión) son seres violentos y pandilleros. Una maldad que no aparece por ningún lado cuando se tira al suelo para competir con los pequeños, entre risas, por los dulces que caen de la piñata. Eduardo tiene un hijo de tan solo dos años, con el que hubiera querido compartir momentos como estos. Esta es la realidad de la caravana de los sueños.

 

 

Author: Página 24

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