El Estado Kurdo, un Sueño que se Desdibuja

Por Temoris Grecko

El presidente kurdo, Massoud Barzani (Foto: Archivo/Xinhua)

El presidente kurdo, Massoud Barzani (Foto: Archivo/Xinhua)

Octubre 18, Ciudad de México (apro).– El presidente kurdo, Massoud Barzani, es como el jugador que está en camino de ganar el juego, se apresura con lo que cree que es una mano imbatible y termina casi expulsado de la mesa.

Lo ocurrido en esta semana no sólo es un desastre personal para él –hijo del líder histórico de los kurdos iraquíes, Mustafa Barzani–, también para las aspiraciones de formar un Estado nacional kurdo.

Es un caso de obstinación que, de haber triunfado, pasaría a la historia como audacia y tenacidad, pero ahora apunta a quedar considerado como necedad e imprudencia.

En la noche del 25 de septiembre, Barzani pareció alcanzar la estatura necesaria para culminar la obra paterna y ganarse el título de fundador de la patria: en primer lugar, porque en el referéndum sobre si el Kurdistán iraquí debe independizarse de Irak, se alcanzó una participación de 73 por ciento del padrón y el “Sí” ganó con el apoyo de 93 por ciento de los votantes.

En segundo lugar, porque no sólo se preguntaba acerca de la Región Autónoma del Kurdistán que legalmente gobierna, sino también sobre las áreas circunvecinas que considera kurdas y controla desde 2014.

Y, en tercer lugar, porque gracias a ese dominio, también pudo llevar a cabo la votación en esas zonas.

Pero las perdió tres semanas después, en sólo 24 horas, entre el lunes 16 y el martes 17.

Haider al Abadí, primer ministro de Irak, se dio además el gusto de verbalizar con elocuencia la conclusión a la que también llegaban los analistas: “El referéndum se acabó y ahora es historia”.

Además, las palabras de Abadí no reflejaban sólo su voluntad, sino también las del consenso de casi todo el mundo menos Israel: la independencia del Kurdistán no sólo es anatema para Irak, también para los otros tres países que lidian con vigorosas minorías kurdas con ánimos separatistas: Turquía, Siria e Irán.

Estas animadversiones le daban un potencial de desestabilización que alarmó lo mismo a Washington que a Moscú; y a nivel interno, los propios aliados kurdos de Barzani terminaron por mostrar su oposición activa al proyecto.

Si en septiembre temían que el independentismo kurdo fuera imparable, hoy lo ven en terapia intensiva y ahí lo quieren mantener.

 Unidos Contra Dáesh

En la muy complicada geografía política y étnica de Medio Oriente, el papel de los kurdos parece fácil de entender: ellos son uno de los cinco grandes pueblos de la región (junto a árabes, persas, turcos y judíos) y durante la Primera Guerra Mundial los británicos les prometieron territorios y un país a cambio de su ayuda contra el Imperio Otomano.

Sin embargo, ahora son el único de los cinco que carece de Estado propio y el enredo derivó en la dispersión de su población en Turquía, Irak, Siria e Irán (en orden de mayor a menor número de personas).

En todos ellos han surgido movimientos con el propósito de crear una república kurda.

En Turquía han sostenido una sólida organización guerrillera, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), en conflicto con el gobierno de Ánkara desde 1984.

En ningún lado han estado más cerca de su sueño, no obstante, que en Irak.

Su oposición armada al régimen de Sadam Husein –cuya aviación lanzó en 1988 armas químicas sobre el pueblo kurdo de Halabja, con saldo de unos cinco mil muertos y siete mil heridos– los convirtió en amigos de los enemigos de su enemigo: los estadunidenses que atacaron Irak en la primera guerra del Golfo, de 1990–1991.

Ellos les brindaron protección contra los ataques aéreos de Husein durante la siguiente década, gracias a lo cual pudieron establecer un gobierno de facto que, tras la caída del líder iraquí en la segunda guerra del Golfo (2003), fue reconocido constitucionalmente.

El Gobierno de la Región Autónoma del Kurdistán (GRAK) ganó autoridad sobre tres provincias del norte, pero no sobre la totalidad del territorio que considera kurdo.

La Constitución de 2005 le otorgó 75 mil kilómetros cuadrados, pero demandaban 37 mil más.

La ofensiva relámpago de Estado Islámico (EI, o Dáesh en árabe) en 2014, que puso al ejército iraquí literalmente en fuga y llegó a 50 kilómetros de la capital kurda, Erbil, forzó al GRAK a reaccionar con velocidad y enviar a sus peshmergas (combatientes) a contener a los yijadistas.

Se cubrieron de gloria: hasta ese momento, la sangrienta propaganda del EI en internet, las fotografías de ejecuciones masivas y la determinación de luchar hasta la muerte de sus milicianos hacía parecer que detenerlos era imposible, pero los peshmergas lo consiguieron.

Y en ese esfuerzo, ocuparon 23 mil kilómetros de lo que reclamaban.

Nadie lo objetó con seriedad: el “califa” de Estado Islámico, Abu Bakr al Baghdadi, obró el milagro de unir al mundo en su contra, incluidos los acérrimos enemigos de Medio Oriente.

La guerra contra Dáesh se convirtió en prioridad, kurdos e iraquíes combatieron hombro a hombro, hasta que los yijadistas fueron expulsados de todas las ciudades que habían conquistado, particularmente de Mosul (en julio de 2017) y Raqqa (cuya toma culminó este martes 17).

 La Toma de Kirkuk

La derrota del enemigo común eliminó la necesidad de dejar de lado las diferencias.

Barzani se sentía, además, más fuerte que nunca: sus peshmergas eran los héroes del día, el sentimiento independentista se fortalecía y, por si fuera poco, la viabilidad económica del Kurdistán separado de Irak parecía asegurada.

Los observadores notaron que el discurso independentista, antes aposentado en la vaguedad, cobró fuerza hasta convertirse en un proyecto con rumbo al referéndum justo después de que los peshmergas ocuparon la ciudad de Kirkuk, el 12 de junio de 2014, para evitar que la tomara Dáesh tras la huida de las tropas iraquíes.

La política de arabización de esa urbe, impuesta por Husein en los años 90, intentó expulsar a la población kurda y reemplazarla con iraquíes del sur.

Entre los censos de 1957 y 1997, los árabes aumentaron de 28 por ciento a 72 por ciento, y los kurdos decrecieron de 48 por ciento a 21 por ciento.

Un tercer gran grupo es el de los turcomanos, que son hablantes de turco y bajaron de 21 por ciento a 7 por ciento en ese periodo.

Si el GRAK alega que Kirkuk ha sido históricamente kurda, enfrenta el hecho de que en la actualidad hay más árabes.

El fondo de la disputa es, sin embargo, económico: el área de Kirkuk contiene tres de los mayores yacimientos de petróleo de Irak.

Al tomar el control, hace tres años, Barzani tuvo la visión de un Kurdistán independiente y rico.

Hasta hace unos días, Kirkuk aportaba 250 mil barriles de los 650 mil barriles que el gobierno kurdo producía diariamente.

Esos 250 mil son la diferencia entre la riqueza y la insuficiencia energética.

En el último cuarto de siglo, los kurdos iraquíes lograron construir una importante red de alianzas: primero con Washington e Israel, y más recientemente –y contra todo pronóstico–– con Turquía, cuyo primer ministro, Tayyip Erdogan, vio la doble oportunidad de llevar su influencia hasta Irak y de usar a Barzani para contener al PKK.

De esta forma, un Kurdistán iraquí autónomo, si bien resulta apenas aceptable para Irak, Irán y Siria, se sostiene porque resulta cómodo para esas potencias.

En cambio, aunque el referéndum del 25 de septiembre no tenía un carácter vinculante, sí prefiguraba un horizonte hacia la independencia que era imposible de ignorar.

Las potencias regionales y globales señalaron su descontento, a pesar de lo cual Barzani siguió adelante.

Dejaba de lado, además, el hecho de que tampoco en el plano interno tenía consenso: el gobierno de su Región Autónoma está formado por dos organizaciones, la suya y mayoritaria, el Partido Democrático del Kurdistán (PDK), con bastiones en el norte, y la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), que es minoritaria, pero domina la parte sur.

Aunque colaboran por necesidad, ambas facciones mantienen una rivalidad histórica, acentuada por la lealtad de la UPK hacia Irán.

Para este país la independencia es inaceptable por dos razones: por la atracción que tendría hacia su propia minoría kurda y porque debilitaría al gobierno de Irak, que está dominado por políticos de su misma secta musulmana, la chiita, y sujeto a su influencia.

 La “Traición” de la UPK

Así fue que la rueda giró de súbito: así como huyó el ejército iraquí ante el avance de Estado Islámico en 2014, dándoles oportunidad de sacar el pecho y el orgullo nacional a los peshmergas, ahora estos se retiraron apresuradamente cuando venían sobre ellos los previamente humillados batallones iraquíes, sus supuestos aliados.

En Kirkuk hubo un solo enfrentamiento que dejó una decena de víctimas, el lunes 16.

Salvo ese incidente, los kurdos cedieron esa ciudad vital para su futuro estado independiente.

El martes 17, los iraquíes y sus aliados de las Unidades de Movilización Popular (milicias chiitas controladas por Irán) tomaron los pozos petroleros y el resto de los 23 mil kilómetros cuadrados que habían ocupado los kurdos en 2014.

Sin disparar.

Es un hecho extraordinario para un ejército como el iraquí, acostumbrado a derrotas y a victorias muy severas y acostumbrado también a tener el apoyo de Estados Unidos e Irán.

Esta vez, sólo con sus tropas y las milicias chiitas, alcanzó sus objetivos en sólo dos días.

Si Barzani creyó que el masivo apoyo popular a la independencia, expresado en el referéndum, iba a intimidar a la UPK y someterla a su liderazgo, su error de cálculo fue definitorio: Irán no quiere oír más de eso y sus seguidores de la UPK ordenaron a sus peshmergas –que tenían la responsabilidad de defender Kirkuk–– que se retiraran.

Desde Erbil, los barzanistas denunciaron la “traición” de la UPK.

En cambio, si antes fue necio, Barzani entendió rápido que la tendencia iba en su contra y que permitir que las cosas escalaran pondría en peligro no sólo su proyecto de largo plazo, también su propia hegemonía dentro de la Región Autónoma.

Así fue que ordenó que también sus peshmergas se marcharan sin presentar resistencia.

No hubo más derramamientos de sangre y el primer ministro Abadí pudo dar con el puño para después tender la mano: mandó al baúl el referéndum, confirmó el miércoles 18 que la ofensiva había terminado y mostró el talante de un buen deportista, al declarar que sus fuerzas no atacarían a ciudadanos iraquíes (refiriéndose a los kurdos) y llamó “al diálogo bajo el paraguas de la Constitución”.

Venía perdiendo el juego, pero la ambición de quien lo ganaba terminó entregándole la ventaja.

 

Publicado en: Página 24

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