Senderos de una Historiadora

Entre el Estado Mexicano y la Organización Social: los Jesuitas (Parte I)

Por Daniela Itzel Domínguez Tavares

El padre Bernardo Bergöend (tomado de www.catolicidad.com)

El padre Bernardo Bergöend (tomado de www.catolicidad.com)

EN EL MES de febrero de 2013 el mundo vio con asombro la renuncia del sumo pontífice Benedicto XVI a su cargo. Un mes después era elegido en Roma un nuevo Papa, el jesuita latinoamericano Francisco. Desde ese año la importancia de la Compañía de Jesús se hizo más notaria, pública y de interés general pues había llegado hasta la Santa Sede un Papa jesuita. Ese fue, quizá, uno de los momentos más importantes para la Compañía pero no el único.

LA COMPAÑÍA de Jesús estuvo presente en México desde 1572 hasta su expulsión en 1767, sin embargo, su impronta educativa, política y social se quedó arraigada. En el siglo XIX regresaron a cuentagotas los ignacianos y fue hasta el siglo XX cuando retomaron abiertamente sus actividades religiosas, educativas universitarias así como en el ámbito de la política, esto último apoyado por la corriente del catolicismo social.

LA CONFORMACIÓN del nuevo Estado mexicano, en medio de la vertiginosa Revolución que comenzó en 1910, estaba imbuida por el ánimo secularizador heredado de Juárez. La confrontación de las diversas facciones revolucionarias contra la Iglesia causó verdaderos conflictos y contradicciones en una época ya dificultosa. Afianzar instituciones laicas, en un país mayoritariamente católico, no era un reto fácil. Los gobiernos revolucionarios veían en la Iglesia una de los grandes males del país. En contraparte, la organización de diversos grupos religiosos en México no se hizo esperar, uno de estos grupos fue fundado, dirigido y cuidado por sacerdotes jesuitas que estaban convencidos de la necesidad del catolicismo social, movimiento emanado de la encíclica de 1891.

LA ENCÍCLICA Rerumnovarum de 1891 buscaba mejorar la condición “desgraciada y calamitosa” (1) de los proletarios instruyéndolos para que formaran agrupaciones para su mejoramiento salarial y el ahorro. Con esta idea fue que en México los padres jesuitas Bernardo Bergöend y Wilfred Parson, entre otros, auspiciaron la organización de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) en el año de 1913. Bergöend era de origen francés, después de ingresar a la Compañía de Jesús fue enviado a España y después a México para ser profesor. Los números discursos que llegó a dar el padre Bergöend estaban cargados de ideas de renovación que tenían que ver con planes y organización social encaminada a hacer un mejor país a partir de la organización religiosa, su lema resumía su accionar: ¡Por Dios y por la Patria! (2)

DESDE LA promulgación de la Constitución en 1917 quedó clara la nueva orientación laica y seglar que se quería dar en algunos ámbitos en el país. La educación laica y la regulación de la comunidad religiosa en los estados fueron algunos de los puntos que causaron incertidumbre y animadversión por parte de la comunidad religiosa a nivel nacional. Fue entonces cuando el plan del padre Bernardo Bergöend, que se había abandonado años antes, se hizo realidad al fundarse la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR) en marzo de 1925. Esta liga fue conformada en gran parte por dos grupos importantes: los Caballeros de Colón y adherentes a la Asociación Católica de la Juventud Mexicana.

POR SU parte el sacerdote jesuita Wilfred Parson de origen norteamericano también jugó un papel importante durante los años de 1926-1929. Fue el encargado de la revista América desde 1925 hasta la década de los cuarenta. Esta publicación hizo circular información y cartas de sacerdotes mexicanos en Estados Unidos en la época más cruenta de la persecución religiosa de la Cristiada. La publicación y difusión de los acontecimientos de México en el extranjero ayudaron a conseguir armas, dinero y suplementos necesarios para la guerra de guerrillas que se desarrolló.

LA ASOCIACIÓN Católica de la Juventud Mexicana desde su fundación estuvo vinculada con otros movimientos y organizaciones de corte religioso seglar durante todo el siglo XX. Se conocía como acejotameros a los integrantes de esta asociación. Posiblemente el padre Bernard no imaginó el alcance e impronta que tendría la organización de la ACJM así como la persecución que sufrirían algunos de sus adherentes como en el caso de los acejotameros Manuel Morales, David Roldán y Salvador Lara quienes fueron asesinados en 1926 tras una emboscada en Zacatecas. (3)

LA HISTORIA de la conformación del Estado mexicano durante el siglo XX es compleja y contrastante por la diversidad de actores y directrices en medio de los cuales se buscaba afianzar un proyecto nacional. El laicismo así como la secularización dela sociedad y sus instituciones se convirtieron en la idea que entronizó el gobierno a expensas de la centenaria influencia religiosa en México.

NO PODEMOS ignorar la participación, negativa o positiva, de la Iglesia y los asociaciones que emanaron de ésta en momentos coyunturales, como con la promulgación de la Constitución de 1917, que significó la movilización de diversos grupos, no sólo religiosos sino campesinos o del gremio docente. La historiografía debe atender a los diversos conjuntos sociales que esbozan planes alternativos a los programas establecidos por los gobiernos en turno. Los jesuitas, desde su trinchera, hicieron lo propio durante la primera mitad del siglo mediante la organización de sociedades seglares que mejoraron la condición de los obreros.

EN LA SEGUNDA entrega de este tema podrá leer sobre los jesuitas y su labor pues, las universidades que atendían fueron, en algunos casos, los semilleros que albergaron a las mentes que retarían al Estado mexicano formando parte de la guerrillera de los años sesenta y setenta.

Twitter @Dann_Brandel

Notas

1. Collado Herrera, María del Carmen (coord.) 2015. Las derechas en el México contemporáneo. México: Instituto Mora, p. 39.
2. http://www.catolicidad.com/2013/05/padre-bernardo-bergoend-por-dios-y-por.html. Consultado el 28 de febrero de 2017.
3. Collado Herrera, op. cit., p. 86.

Publicado en: Página 24

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