Umberto Eco Defiende la Tradición del Nacimiento

Por Roberto Ponce

Umberto Eco

Umberto Eco

Diciembre 27, Ciudad de México (apro).- Uno de los libros de mayor venta en esta temporada, según la Librería Gandhi, es “De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera” (Lumen, Penguin Random House. España/México, 497 páginas) del filósofo, semiólogo, periodista y narrador italiano Umberto Eco (Alessandria, enero 5 de 1932-Milán, febrero 19 de 2016), quien escribió la famosa novela “Il nome della rosa” (El nombre de la rosa), llevada a la pantalla grande en los años 80 con gran fortuna.

El volumen consiste en artículos que Eco publicó a lo largo de 15 años y seleccionó en 14 apartados poco antes de morir, bajo el título original de “Papè Satân aleppe. Cronache de una societa liquida” (“Padre Satán, cuidado. Crónica de una sociedad líquida”), expresión tomada por Eco del “Inferno” de Dante Alighieri. A continuación reproducimos el texto “El reno y el camello” (2006), de la sección Entre religión y filosofía, donde Eco habla acerca de la pérdida de la tradición de colocar en nuestras casas el Nacimiento de Jesús, que en la traducción castiza de Helena Lozano Miralles llama “belenes” a lo que nosotros en México llamamos “nacimientos” (y así lo escribimos ahora para nuestros lectores).

 El Reno y el Camello

Estas semanas prenavideñas ha arreciado la polémica sobre los nacimientos. Por un lado, algunas grandes cadenas de distribución han suprimido la venta de material para nacimientos porque (se dice) nadie lo pide ya; de ahí el desdén de muchas almas pías que, en lugar de indignarse con sus semejantes que se desinteresan por esa tradición, se han indignado con los comerciantes (e incluso con una gran cadena que, como se ha sabido después, jamás había vendido figuritas para el nacimiento).

Por el otro, se ha sacado la conclusión de que el desapego se debe al exceso de lo políticamente correcto, citando el ejemplo de muchas escuelas en donde ya no ponen el belén para no ofender la sensibilidad de los niños de otra religión.

Por lo que atañe a las escuelas, aunque el fenómeno fuera limitado, sería una mala señal, porque la escuela no debe borrar las tradiciones, sino más bien respetarlas todas.

Si la escuela quiere lograr que pacíficamente convivan niños de etnias distintas, debe permitirle a cada uno entender las tradiciones de los demás.

Por lo tanto en Navidad debería de haber un nacimiento y en las efemérides importantes para otras religiones o grupos étnicos, la exhibición de sus símbolos y sus sistemas rituales.

De este modo, los niños describirían la pluralidad de las diferentes tradiciones y creencias: cada uno participaría en las fiestas de los demás; un pequeño cristiano comprendería qué es el Ramadán, y un pequeño musulmán aprendería algo sobre el nacimiento del niño Jesús.

En cuanto al hecho de que ya no se vendan figuritas, tengo la impresión de que se trata de un montaje periodístico.

En San Gregorio Armeno, en Nápoles, siguen vendiéndose las figuritas más increíbles; hace dos años pasé por la planta dedicada a los productos de nacimiento de La Rinascente de Milán y estaba atestada de gente; un seminario ha hecho una encuesta entre hombres políticos y resulta que cuanto más de izquierdas y anticlericales son, más cariño le tienen al nacimiento.

Lo que hace pensar que el nacimiento es un símbolo apreciado por los laicos, mientras que los que van a misa se han convertido al árbol, poniendo al Papá Noël en el lugar del Niño Jesús o de los Reyes Magos, que en mis tiempos se encargaban de los regalos, y por eso los chicos de entonces celebraban con tanto alborozo al rey del cielo que bajaba de las estrellas para ocuparse de sus juguetes.

Ahora bien, el tema es aún más confuso.

Se suele pensar que el árbol y Papá Noël representan una tradición protestantes sin recordar, no obstante, que Santa Claus era un santo católico: san Nicolás de Bari (su nombre nace de un acortamiento de Nicholas o Nikolaus).

En cambio, el árbol perenne es una herencia pagana, porque recuerda la fiesta precristiana del solsticio invernal, la Yule, y la Iglesia fijó en esa misma fecha precisamente para asimilar y domesticar tradiciones y celebraciones previas.

Una última ambigüedad: el neopaganismo consumista ha desacralizado por completo al árbol, que se ha vuelto un mero objeto de decoración de temporada, como la iluminación de las ciudades.

Niños y padres se divierten colgando bolas de colores; pero sin duda yo me divertía más cuando ayudaba a mi padre que empezaba a construir el nacimiento a principios de diciembre, y era una fiesta ver manar fuentecillas y cascadas, por medio de un aparato para hacer enemas (que se oculta entre el heno o el musgo de los nacimientos).

De hecho, la práctica del nacimiento se está perdiendo porque su preparación cuesta trabajo e inventiva (todos los árboles navideños se parecen, mientras que los nacimientos son siempre distintos), y si se pasan las veladas haciendo nacimientos se corre el riesgo de no ver esos espectáculos televisivos que tan importantes son para la protección de la familia, ya que nos avisan siempre de que se requiere la presencia de los padres para que los niños pueden ver mujeres desnudas y sesos desparramados.

Recordando que mi padre, tan devoto del belén, era un socialista de los de Saragat, blandamente deísta y moderadamente anticlerical, considero que olvidar el belén es malo también para los que no creen y quizá sobre todo para ellos.

En efecto, para inventar un belén, hacía falta un personaje como San Francisco, cuya religiosidad se expresaba ante todo hablando a lobos y pájaros: el belén es lo más humano y menos trascendente que se podía inventar para recordar el nacimiento de Jesús.

En ese sagrado diorama, nada, salvo la estrella cometa y dos angelitos que sobrevuelan el portal, remite a sutilezas teológicas, y cuanto más se puebla el belén, más se celebra la vida de todos los días, ayudando a los pequeños a entender cómo era la vida cotidiana en los tiempos pasados, y tal vez a sentir nostalgia por una naturaleza no contaminada.

Mientras la tradición laica y consumista del árbol evoca supersticiones incluso un poco nazis que se pierden en la noche de los tiempos, la tradición religiosa del nacimiento celebra un ambiente laico y natural, con sus casitas sobre las colinas, las ovejas, las gallinas, los herreros y los carpinteros, las aguadores, el buey, el burro y el camello, que pasará ágilmente por el ojo de la aguja, mientras que los que ponen regalos demasiado caros bajo el árbol no entrarán en el reino de los cielos.

 

Publicado en: Página 24

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